/ viernes 15 de mayo de 2020

Expediente Confidencial | Mi John Keating

Estaba iniciando 1998. Nuestro país se emocionaba con ese juguete nuevo llamado alternancia. Cuauhtémoc Cárdenas vivía sus primeros días como jefe de gobierno del entonces Distrito Federal, lo que, para los izquierdistas, representaba un hito. Era la primera entidad que gobernaba el PRD. Su líder, un tal Andrés Manuel López Obrador, empezaba a hacerse conocido en la escena política nacional. El PAN también estaba de fiesta. Ya no gobernaba solamente Baja California y Guanajuato. Ahora su poder llegaba a Querétaro –la pieza que conectaría lo que luego se bautizó como el ‘corredor azul’– y, sobre todo, a Nuevo León. El senador Samuel García, quien hoy aspira a gobernar este último estado, tenía apenas 10 años. Así de tiempo ha pasado…

En ese México, que, de solo describirlo, suena tan kitsch, yo acababa de cumplir 18 años. Estudiaba el bachillerato en una escuela ubicada a espaldas de una biblioteca que, antaño, había sido una cárcel. Así que cada día, al salir de clases, lo primero que veía era un muro colonial gigantesco, de unos 30 metros de alto, que haría palidecer al de Donald Trump.

Desde que tengo uso de razón, supe que anhelaba ser lo que soy: un periodista. Pero si he llegado a cumplir ese anhelo, en gran parte se lo debo a una mujer que hizo acto de presencia en mi vida por aquellos días…

Desde enero habíamos sido informados que la maestra encargada de impartir Taller de Lectura y Redacción se marcharía. No supimos más hasta que, el primer día del siguiente semestre, la coordinadora académica llegó acompañada de la sustituta: una profesora muy joven, vestida con un traje sastre negro y una blusa blanca, de estatura media, ojos grandes y cafés, cabello rizado que le llegaba a los hombros, sonriente, finita. Lo primero que pensaron y expresaron algunos compañeros, era que nos habíamos ganado la lotería y sin comprar billete: nos habían cambiado a una maestra cincuentona por una chavita guapa que, además, sería un ‘barco’.

Yo, inquilino permanente de los cuadros de honor, no me caracterizaba por ser así de taimado, dado lo cual me dispuse a observar y medir las aguas, en prudente actitud. No pasaron muchos días para que los más temerarios constataran que la maestra Paola no iba a ser un ‘barco’, mientras caminaba, en desfile incesante, hacia la dirección del plantel.

Mi interacción con ella fue la estrictamente necesaria, hasta una mañana en que la ya mencionada coordinadora académica acudió a informar sobre el concurso anual de oratoria, instruyendo que, en ese ciclo escolar, debía haber, al menos, un participante por cada grupo. Como yo no me encontraba en un salón que se caracterizará por tener a lo más granado de la institución, nadie levantó la mano. “Pues alguien de aquí tiene que concursar”, insistió, palabras más, palabras menos, la coordinadora. Entonces, alguien consideró simpático decir: “Qué entre Gerardo, él siempre habla mucho”. En su desesperación –estar ante 50 púberes es siempre desesperante–, la coordinadora dio por buena la idea y concluyó: “Ponte de acuerdo con la maestra, para lo del discurso”.

Yo, en mi vida había dado un discurso. Y menos en público. Una cosa era hacerse el prodigio ante los tíos y otra hablar ante desconocidos. Además, de coach tendría a Paola, quien no parecía tener experiencia para llevar a buen puerto la nave. Me veía ante la inexorable sentencia de pasar la vergüenza de mi vida.

Pronto, supe otra mala noticia: Paola era pasante y se encontraba terminando su carrera, de licenciada en Ciencias de la Comunicación. Por ello, debíamos ensayar en mi preciada media hora de receso, de 11:20 a 11:50 de la mañana, pues, a la 1:30 de la tarde, que yo salía de clases, ella llegaba a las suyas, en la UPAEP, casa de estudios fifí y católica por excelencia.

Sin embargo, también me emocionaba hablar, por primera vez, con alguien que estudiaba lo que yo quería estudiar. Aunque mi familia no tenía dinero para enviarme a una escuela privada, como la de Paola, pensé que igual me podría dar algunos tips valiosos, pues ningún pariente, cercano o lejano, trabajaba en algo ni remotamente vinculado a la comunicación. Traté de encontrarle lo bueno a un desafío que yo aún dudaba si enfrentar o no.

Desde nuestro primer ensayo, vi que Paola era diferente a cualquier maestra o maestro que hubiese tenido en mi vida. No quiso imponerme nada. De hecho, me permitió elegir el tema de mi discurso y cuando dije “me gustaría hablar de la caída de Jacobo Zabludovsky”, me dijo “está bien”, mientras yo esperaba que intentara llevarme a un tema más sobrio, o más entreverado. También me quedó claro que tenía toda la voluntad de ayudarme, si bien se me hizo ‘volado’ que, ese mismo primer día de trabajo, me dijera “si vamos a entrar a esto, es porque vamos a ganar”.

Yo no tenía expectativas tan altas, pero, con el correr de los ensayos y los días, Paola y yo construimos una simbiosis maestra-alumno, donde me quedó claro por qué debíamos ganar. Me percaté, por ejemplo, de que Paola enfrentaba una especie de bullying laboral, por parte del resto de maestras que, al verla joven y con ideas medio revolucionarias, la consideraban una amenaza. Me vi reflejado en ella, porque, si por algo yo había tenido broncas en mis andanzas escolares, era por decir lo que pensaba, sin tapujos, algo que irritaba profundamente al 99% de maestros en una ciudad ultra conservadora como en la que había nacido.

Además, en aquel tiempo, yo dirigía e intentaba crear una revista escolar diferente. Esas maestras y otros docentes querían, por ejemplo, que el 10 de mayo se publicaran poesías tipo “Mamá, soy Paquito”, mientras yo deseaba que fuesen los propios estudiantes quienes escribieran cartas a sus madres. Díaz Mirón estaba bien para las bibliotecas. Para expresar sentimientos, las hijas y los hijos. También buscaba que, Día de las Madres aparte, la publicación tuviese textos que abordaran los temas que nos atañían a los adolescentes de fin de siglo y no sesudos ensayos sobre el átomo, para lo cual ya existían las revistas del Conacyt. Semejantes planteamientos “incendiarios” me granjearon la animadversión de esos mentores –por llamarles de algún modo–

Así, al ver que esas maestras entrenaban a mis rivales en el concurso, me quedó claro que buscaban no vencernos, sino lapidarnos, porque, entre más contundente fuese nuestra derrota, más enterrados quedarían nuestros postulados. Por ello, Paola y yo entendimos que la victoria, para nosotros, era más que eso: representaba la posibilidad de validar que la presencia de nuestras ideas en aquella preparatoria de clase media, no solamente era lícita, sino necesaria y representativa de lo que muchos deseaban. Era la típica lucha contra el ‘establishment’, que en todas partes existe y siempre dice “aquí nada más mis chicharrones truenan”. Lo mismo en una prepa con una maestra joven y su alumno rebelde, que en el Congreso de los Estados Unidos con Alexandria Ocasio.

Paola y yo ensayamos con denuedo, aumentando, cada día, nuestra convicción de que podíamos lograr el milagro, aunque nosotros no le rezábamos a ninguna virgen o santo, sino a las ideas y la razón, que son la mejor religión.

Llegó el jueves 5 de marzo a las 17:00 horas, fecha y hora señalada para el concurso. Al inicio, Paola no había llegado, pues estaba en la universidad, pero se presentó justo a tiempo para verme, pues fui el último en subir al estrado. Iba con el traje sastre de su primer día de trabajo en mi escuela. Elegante, como siempre. Mi discurso, más que sobre la caída y caducidad de Jacobo Zabludovsky, versó sobre la falta de credibilidad que los mexicanos de aquel tiempo ya tenían respecto a los noticieros de televisión. El jurado, compuesto por tres personas, nos pidió salir a todos los asistentes para deliberar. Al volver, anunciaron a los cuatro finalistas: yo era uno de ellos.

Nos dieron cinco minutos para improvisar un tema. Paola me dejó elegir y jugué una carta arriesgada: hablaría del SIDA, tema que era muy polémico para que un chavo de prepa lo abordara en aquel tiempo y en una ciudad como la mía, pero que me agradaba para poner algunos puntos sobre las íes. Encontramos tres ideas claves sobre las cuales versaría el discurso. Otra vez fui el último en pasar. Mientras lanzaba mi discurso, yo intentaba escudriñar en la cara del jurado si iba bien o mal, aunque no encontraba ni una pista. Pero me tranquilizaba que Paola, mi maestra, mi aliada, mi cómplice, veía mi performance con rostro de seguridad y una sonrisa.

Acabó la ronda final y nos pidieron salir de nuevo. Al volver, subimos al estrado los cuatro finalistas. Me dije a mi mismo: “si quedo en tercero, ya es un triunfo”. Pero pasaron el tercer y el segundo lugar sin que yo fuese mencionado. Solamente quedábamos el ganador del año anterior y yo. Aún recuerdo con detalle las palabras que anunciaban el resultado: “Este jurado ha decidido, por unanimidad, que el primer lugar lo obtiene… Gerardo Fragoso”.

Recuerdo que, tras agradecer al jurado y bajar del estrado, fui con mi profesora y la abracé. “Lo hicimos, ganamos. Gracias por confiar en mí, maestra. Esto es gracias a usted”, le dije, emocionado. “No, esto es sólo gracias a ti. Ganaste tú”, me respondió.

Paola López solamente fue mi maestra durante ese semestre, pero en mi último año de la prepa, donde ya no me daba clases, iba al salón de maestros para buscarla y platicar con ella, casi a diario. Me dio muchos consejos, sin los cuales no hubiera tenido la visión con la cual desarrollé mi carrera. De ella aprendí a no temer a ningún reto, a no rendirle pleitesía al poder, a no darme por vencido, aun y cuando, como nos pasó aquella vez, tengas todo en contra. Pero, sobre todo, a plantarle cara al ‘establishment’, así se llame Enrique, Andrés, Francisco o Jaime, a no callar, ni ser ‘cómodo’, a cambio de encajar o permanecer. También aprendí que la divergencia no solamente es valiosa en un comunicador, sino indispensable.

El último día que pise mi prepa, una tarde de verano de 1999, Paola fue a despedirse de mí y me dio un regalo que aún conservo, pese a las mudanzas y cambios de ciudad: un ejemplar, viejito, pandeado, de “Presidente Interino”, la novela de Rafael Loret de Mola. Al entregármelo, me dijo: “Yo lo compré cuando entré a la carrera. En la primera página, anoté quiénes son los personajes en la vida real. Me faltaron algunos, pero estoy segura que tú, como te gusta tanto la política, no tendrás problemas en hallarlos todos”. Me deseo suerte en la carrera y me dio un abrazo. Fue la última vez que la vi.

Paola fue mi John Keating. Feliz Día del Maestro para quienes son como ella.

Comentarios: gerardofm2020@gmail.com

Estaba iniciando 1998. Nuestro país se emocionaba con ese juguete nuevo llamado alternancia. Cuauhtémoc Cárdenas vivía sus primeros días como jefe de gobierno del entonces Distrito Federal, lo que, para los izquierdistas, representaba un hito. Era la primera entidad que gobernaba el PRD. Su líder, un tal Andrés Manuel López Obrador, empezaba a hacerse conocido en la escena política nacional. El PAN también estaba de fiesta. Ya no gobernaba solamente Baja California y Guanajuato. Ahora su poder llegaba a Querétaro –la pieza que conectaría lo que luego se bautizó como el ‘corredor azul’– y, sobre todo, a Nuevo León. El senador Samuel García, quien hoy aspira a gobernar este último estado, tenía apenas 10 años. Así de tiempo ha pasado…

En ese México, que, de solo describirlo, suena tan kitsch, yo acababa de cumplir 18 años. Estudiaba el bachillerato en una escuela ubicada a espaldas de una biblioteca que, antaño, había sido una cárcel. Así que cada día, al salir de clases, lo primero que veía era un muro colonial gigantesco, de unos 30 metros de alto, que haría palidecer al de Donald Trump.

Desde que tengo uso de razón, supe que anhelaba ser lo que soy: un periodista. Pero si he llegado a cumplir ese anhelo, en gran parte se lo debo a una mujer que hizo acto de presencia en mi vida por aquellos días…

Desde enero habíamos sido informados que la maestra encargada de impartir Taller de Lectura y Redacción se marcharía. No supimos más hasta que, el primer día del siguiente semestre, la coordinadora académica llegó acompañada de la sustituta: una profesora muy joven, vestida con un traje sastre negro y una blusa blanca, de estatura media, ojos grandes y cafés, cabello rizado que le llegaba a los hombros, sonriente, finita. Lo primero que pensaron y expresaron algunos compañeros, era que nos habíamos ganado la lotería y sin comprar billete: nos habían cambiado a una maestra cincuentona por una chavita guapa que, además, sería un ‘barco’.

Yo, inquilino permanente de los cuadros de honor, no me caracterizaba por ser así de taimado, dado lo cual me dispuse a observar y medir las aguas, en prudente actitud. No pasaron muchos días para que los más temerarios constataran que la maestra Paola no iba a ser un ‘barco’, mientras caminaba, en desfile incesante, hacia la dirección del plantel.

Mi interacción con ella fue la estrictamente necesaria, hasta una mañana en que la ya mencionada coordinadora académica acudió a informar sobre el concurso anual de oratoria, instruyendo que, en ese ciclo escolar, debía haber, al menos, un participante por cada grupo. Como yo no me encontraba en un salón que se caracterizará por tener a lo más granado de la institución, nadie levantó la mano. “Pues alguien de aquí tiene que concursar”, insistió, palabras más, palabras menos, la coordinadora. Entonces, alguien consideró simpático decir: “Qué entre Gerardo, él siempre habla mucho”. En su desesperación –estar ante 50 púberes es siempre desesperante–, la coordinadora dio por buena la idea y concluyó: “Ponte de acuerdo con la maestra, para lo del discurso”.

Yo, en mi vida había dado un discurso. Y menos en público. Una cosa era hacerse el prodigio ante los tíos y otra hablar ante desconocidos. Además, de coach tendría a Paola, quien no parecía tener experiencia para llevar a buen puerto la nave. Me veía ante la inexorable sentencia de pasar la vergüenza de mi vida.

Pronto, supe otra mala noticia: Paola era pasante y se encontraba terminando su carrera, de licenciada en Ciencias de la Comunicación. Por ello, debíamos ensayar en mi preciada media hora de receso, de 11:20 a 11:50 de la mañana, pues, a la 1:30 de la tarde, que yo salía de clases, ella llegaba a las suyas, en la UPAEP, casa de estudios fifí y católica por excelencia.

Sin embargo, también me emocionaba hablar, por primera vez, con alguien que estudiaba lo que yo quería estudiar. Aunque mi familia no tenía dinero para enviarme a una escuela privada, como la de Paola, pensé que igual me podría dar algunos tips valiosos, pues ningún pariente, cercano o lejano, trabajaba en algo ni remotamente vinculado a la comunicación. Traté de encontrarle lo bueno a un desafío que yo aún dudaba si enfrentar o no.

Desde nuestro primer ensayo, vi que Paola era diferente a cualquier maestra o maestro que hubiese tenido en mi vida. No quiso imponerme nada. De hecho, me permitió elegir el tema de mi discurso y cuando dije “me gustaría hablar de la caída de Jacobo Zabludovsky”, me dijo “está bien”, mientras yo esperaba que intentara llevarme a un tema más sobrio, o más entreverado. También me quedó claro que tenía toda la voluntad de ayudarme, si bien se me hizo ‘volado’ que, ese mismo primer día de trabajo, me dijera “si vamos a entrar a esto, es porque vamos a ganar”.

Yo no tenía expectativas tan altas, pero, con el correr de los ensayos y los días, Paola y yo construimos una simbiosis maestra-alumno, donde me quedó claro por qué debíamos ganar. Me percaté, por ejemplo, de que Paola enfrentaba una especie de bullying laboral, por parte del resto de maestras que, al verla joven y con ideas medio revolucionarias, la consideraban una amenaza. Me vi reflejado en ella, porque, si por algo yo había tenido broncas en mis andanzas escolares, era por decir lo que pensaba, sin tapujos, algo que irritaba profundamente al 99% de maestros en una ciudad ultra conservadora como en la que había nacido.

Además, en aquel tiempo, yo dirigía e intentaba crear una revista escolar diferente. Esas maestras y otros docentes querían, por ejemplo, que el 10 de mayo se publicaran poesías tipo “Mamá, soy Paquito”, mientras yo deseaba que fuesen los propios estudiantes quienes escribieran cartas a sus madres. Díaz Mirón estaba bien para las bibliotecas. Para expresar sentimientos, las hijas y los hijos. También buscaba que, Día de las Madres aparte, la publicación tuviese textos que abordaran los temas que nos atañían a los adolescentes de fin de siglo y no sesudos ensayos sobre el átomo, para lo cual ya existían las revistas del Conacyt. Semejantes planteamientos “incendiarios” me granjearon la animadversión de esos mentores –por llamarles de algún modo–

Así, al ver que esas maestras entrenaban a mis rivales en el concurso, me quedó claro que buscaban no vencernos, sino lapidarnos, porque, entre más contundente fuese nuestra derrota, más enterrados quedarían nuestros postulados. Por ello, Paola y yo entendimos que la victoria, para nosotros, era más que eso: representaba la posibilidad de validar que la presencia de nuestras ideas en aquella preparatoria de clase media, no solamente era lícita, sino necesaria y representativa de lo que muchos deseaban. Era la típica lucha contra el ‘establishment’, que en todas partes existe y siempre dice “aquí nada más mis chicharrones truenan”. Lo mismo en una prepa con una maestra joven y su alumno rebelde, que en el Congreso de los Estados Unidos con Alexandria Ocasio.

Paola y yo ensayamos con denuedo, aumentando, cada día, nuestra convicción de que podíamos lograr el milagro, aunque nosotros no le rezábamos a ninguna virgen o santo, sino a las ideas y la razón, que son la mejor religión.

Llegó el jueves 5 de marzo a las 17:00 horas, fecha y hora señalada para el concurso. Al inicio, Paola no había llegado, pues estaba en la universidad, pero se presentó justo a tiempo para verme, pues fui el último en subir al estrado. Iba con el traje sastre de su primer día de trabajo en mi escuela. Elegante, como siempre. Mi discurso, más que sobre la caída y caducidad de Jacobo Zabludovsky, versó sobre la falta de credibilidad que los mexicanos de aquel tiempo ya tenían respecto a los noticieros de televisión. El jurado, compuesto por tres personas, nos pidió salir a todos los asistentes para deliberar. Al volver, anunciaron a los cuatro finalistas: yo era uno de ellos.

Nos dieron cinco minutos para improvisar un tema. Paola me dejó elegir y jugué una carta arriesgada: hablaría del SIDA, tema que era muy polémico para que un chavo de prepa lo abordara en aquel tiempo y en una ciudad como la mía, pero que me agradaba para poner algunos puntos sobre las íes. Encontramos tres ideas claves sobre las cuales versaría el discurso. Otra vez fui el último en pasar. Mientras lanzaba mi discurso, yo intentaba escudriñar en la cara del jurado si iba bien o mal, aunque no encontraba ni una pista. Pero me tranquilizaba que Paola, mi maestra, mi aliada, mi cómplice, veía mi performance con rostro de seguridad y una sonrisa.

Acabó la ronda final y nos pidieron salir de nuevo. Al volver, subimos al estrado los cuatro finalistas. Me dije a mi mismo: “si quedo en tercero, ya es un triunfo”. Pero pasaron el tercer y el segundo lugar sin que yo fuese mencionado. Solamente quedábamos el ganador del año anterior y yo. Aún recuerdo con detalle las palabras que anunciaban el resultado: “Este jurado ha decidido, por unanimidad, que el primer lugar lo obtiene… Gerardo Fragoso”.

Recuerdo que, tras agradecer al jurado y bajar del estrado, fui con mi profesora y la abracé. “Lo hicimos, ganamos. Gracias por confiar en mí, maestra. Esto es gracias a usted”, le dije, emocionado. “No, esto es sólo gracias a ti. Ganaste tú”, me respondió.

Paola López solamente fue mi maestra durante ese semestre, pero en mi último año de la prepa, donde ya no me daba clases, iba al salón de maestros para buscarla y platicar con ella, casi a diario. Me dio muchos consejos, sin los cuales no hubiera tenido la visión con la cual desarrollé mi carrera. De ella aprendí a no temer a ningún reto, a no rendirle pleitesía al poder, a no darme por vencido, aun y cuando, como nos pasó aquella vez, tengas todo en contra. Pero, sobre todo, a plantarle cara al ‘establishment’, así se llame Enrique, Andrés, Francisco o Jaime, a no callar, ni ser ‘cómodo’, a cambio de encajar o permanecer. También aprendí que la divergencia no solamente es valiosa en un comunicador, sino indispensable.

El último día que pise mi prepa, una tarde de verano de 1999, Paola fue a despedirse de mí y me dio un regalo que aún conservo, pese a las mudanzas y cambios de ciudad: un ejemplar, viejito, pandeado, de “Presidente Interino”, la novela de Rafael Loret de Mola. Al entregármelo, me dijo: “Yo lo compré cuando entré a la carrera. En la primera página, anoté quiénes son los personajes en la vida real. Me faltaron algunos, pero estoy segura que tú, como te gusta tanto la política, no tendrás problemas en hallarlos todos”. Me deseo suerte en la carrera y me dio un abrazo. Fue la última vez que la vi.

Paola fue mi John Keating. Feliz Día del Maestro para quienes son como ella.

Comentarios: gerardofm2020@gmail.com