/ miércoles 16 de diciembre de 2020

Fuera de Agenda | Operaciones encubiertas

A mediados de los años noventa el entonces jefe de la estación de la CIA en México James Olson, puso la primera piedra de la que sería una colaboración inédita hasta ese momento de la agencia con el Ejército mexicano. Sería John Coll, otro oficial enviado desde Langley, el encargado de consolidar el vínculo y que tomaría forma con la creación del Centro de Inteligencia Antinarcóticos (C.I.A.N.) del Estado Mayor de la Defensa Nacional.

Desde entonces se clarificaron dos tipos de cooperación. La formal que pasaba por firma de acuerdos para intercambio de información y capacitación del personal militar antinarcóticos. Y el secreto donde pocos conocían las operaciones de la CIA en el país.

Fueron los años en que los círculos académicos y en la diplomacia México-Estados Unidos se analizó y habló mucho –tras la relación política y económica—del tercer vínculo: el de defensa y seguridad.

En el sexenio de Vicente Fox y después con Felipe Calderón la presencia de las principales agencias creció como nunca había ocurrido a tal grado que la DEA, CIA, FBI, ICE, tenían oficinas propias fuera de las instalaciones de la Embajada.

La llegada de Enrique Peña Nieto significó la reducción del personal y limitar la cooperación por una sola ventanilla: la secretaría de Gobernación. Esto no significó que el segundo tipo de actividades –las operaciones encubiertas—se detuvieran.

Desde la Guerra Fría las agencias estadounidenses han operado en el mundo para buscar garantizar la hegemonía norteamericana. Y en este escenario México nunca ha sido la excepción. Al contrario, no solo por los más de tres mil kilómetros de frontera común, sino por el fuerte vínculo que existe en distintos ámbitos, lo que suceda o deje de pasar en el país es de interés estratégico para la Casa Blanca.

Con las reformas a la Ley de Seguridad Nacional aprobadas por el Congreso de la Unión el pasado martes, tras el aval en el Senado, donde se retira la imunidad a los agentes extranjeros que operen en el país y se les obliga a compartir su información con las autoridades mexicanas, lo que se viene será un golpe para los servicios de inteligencia civil y militar al cerrarles la posibilidad de recibir e intercambiar información en tiempo real con sus pares estadounidenses. Se abre otra puerta también para el incremento de operaciones encubiertas no solo de los estadounidenses, sino de los servicios de seguridad e inteligencia de naciones como Gran Bretaña, Francia, Israel, Rusia, y desde luego Cuba.

Porque han sido los cubanos después de los estadounidenses, junto a los rusos, israelíes, y británicos, los que en el pasado reciente han incrementado su presencia en el país como parte de sus intereses estratégicos.

Pueden tomar asiento y esperar sentados quienes piensan que entre la delegación de médicos cubanos que está por llegar al país para ayuda por la pandemia de Covid-19, dará un paso al frente para presentarse e intercambiar información el oficial del G-2 que tiene como misión hacer labor de inteligencia.

Como manotazo en la mesa estas reformas tienen dedicatoria a la DEA trás el affaire Cienfuegos. Pero sus consecuencias ni las imagina el gobierno lopezobradorista.




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A mediados de los años noventa el entonces jefe de la estación de la CIA en México James Olson, puso la primera piedra de la que sería una colaboración inédita hasta ese momento de la agencia con el Ejército mexicano. Sería John Coll, otro oficial enviado desde Langley, el encargado de consolidar el vínculo y que tomaría forma con la creación del Centro de Inteligencia Antinarcóticos (C.I.A.N.) del Estado Mayor de la Defensa Nacional.

Desde entonces se clarificaron dos tipos de cooperación. La formal que pasaba por firma de acuerdos para intercambio de información y capacitación del personal militar antinarcóticos. Y el secreto donde pocos conocían las operaciones de la CIA en el país.

Fueron los años en que los círculos académicos y en la diplomacia México-Estados Unidos se analizó y habló mucho –tras la relación política y económica—del tercer vínculo: el de defensa y seguridad.

En el sexenio de Vicente Fox y después con Felipe Calderón la presencia de las principales agencias creció como nunca había ocurrido a tal grado que la DEA, CIA, FBI, ICE, tenían oficinas propias fuera de las instalaciones de la Embajada.

La llegada de Enrique Peña Nieto significó la reducción del personal y limitar la cooperación por una sola ventanilla: la secretaría de Gobernación. Esto no significó que el segundo tipo de actividades –las operaciones encubiertas—se detuvieran.

Desde la Guerra Fría las agencias estadounidenses han operado en el mundo para buscar garantizar la hegemonía norteamericana. Y en este escenario México nunca ha sido la excepción. Al contrario, no solo por los más de tres mil kilómetros de frontera común, sino por el fuerte vínculo que existe en distintos ámbitos, lo que suceda o deje de pasar en el país es de interés estratégico para la Casa Blanca.

Con las reformas a la Ley de Seguridad Nacional aprobadas por el Congreso de la Unión el pasado martes, tras el aval en el Senado, donde se retira la imunidad a los agentes extranjeros que operen en el país y se les obliga a compartir su información con las autoridades mexicanas, lo que se viene será un golpe para los servicios de inteligencia civil y militar al cerrarles la posibilidad de recibir e intercambiar información en tiempo real con sus pares estadounidenses. Se abre otra puerta también para el incremento de operaciones encubiertas no solo de los estadounidenses, sino de los servicios de seguridad e inteligencia de naciones como Gran Bretaña, Francia, Israel, Rusia, y desde luego Cuba.

Porque han sido los cubanos después de los estadounidenses, junto a los rusos, israelíes, y británicos, los que en el pasado reciente han incrementado su presencia en el país como parte de sus intereses estratégicos.

Pueden tomar asiento y esperar sentados quienes piensan que entre la delegación de médicos cubanos que está por llegar al país para ayuda por la pandemia de Covid-19, dará un paso al frente para presentarse e intercambiar información el oficial del G-2 que tiene como misión hacer labor de inteligencia.

Como manotazo en la mesa estas reformas tienen dedicatoria a la DEA trás el affaire Cienfuegos. Pero sus consecuencias ni las imagina el gobierno lopezobradorista.




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