/ domingo 14 de julio de 2019

Hojas de Papel Volando | Perro Aguayo “Pelearaaaaaán a tres caídas sin límite de tiempo”

Todos queríamos ser El Santo. Pero no todos debíamos ser El Santo, si no, no habría lucha libre. Así que o se resolvía en un “lo dije yo primero” o con un volado: “Águila o sol”… y así otro era Blue Demon, otro Black Shadow, aquel “El Rayo de Jalisco” y el gran perdedor era el Cavernario Galindo o El médico asesino… más.

Y se armaba el combate entre los niños que éramos entonces: máscara contra cabellera ‘a tres caídas sin límite de tiempo’. La máscara casi siempre era un paliacate con agujeros para mirar y respirar, la cabellera estaba a salvo, aunque el perdedor recibía jalones de copete y casi perdía el cuero cabelludo. ¡Era fantástico!

Algunos habían aprendido ‘la quebradora’, ‘el candado’, ‘el salto aéreo’… y aunque el ring estaba hecho con cuatro piedras equidistantes para hacer el cuadro, el piso era de tierra y… uhhhh… no había ‘réferi’: o si, todos éramos el ‘réferi’ que parábamos en cuanto alguno se pasaba de la raya… pero cada uno cuidaba de no hacerlo porque lo que seguía era que en el siguiente combate ya no entraba ‘al quite’.

Luchábamos hasta quedar exhaustos y con la ropa llena de la tierra de nuestro cuadrilátero. Luego vendría otra lucha libre con la mamá de uno para explicar ese estado lamentable de nuestro uniforme escolar: “¡Lo vas a lavar tú, yo no soy tu criada!” Pero nada, al día siguiente ya teníamos el uniforme limpio y resplandeciente…

Pero eso era nuestro juego estelar, por supuesto había el beisbol, había el “Burro 17” o los manuales como el trompo, el tacón, el balero, las canicas… ‘tréboles y ágatas’… bombonas o balines… De todo había en nuestro envoltorio secreto. Pero lo de la lucha libre era lo grande.

Los escuincles que por entonces teníamos de 8 a 14 años, estábamos imbuidos en ese afán de fortaleza, destreza y maña por las películas que pasaban de tiempo en tiempo por allá, en mi pueblito ‘risueño’ y ‘cantarín’: “Santo contra las mujeres vampiro”; “Santo contra las momias”, “Santo contra Blue Demon”,“Santo contra los zombis” o aquella de “Santo contra la momia azteca”… (¡Chin!).

Y no nos perdíamos una: no sólo porque había que ver la manera cómo ‘El enmascarado de plata’ –que era una especie de aluxe de los rines- enfrentaba al mal. No sólo porque estaba convencido de que tenía que salvar a la humanidad de los peligros que le acechan, sino también porque en sus enfrentamientos de lucha libre casi siempre tenía que pelear con enviados del mal disfrazados de Gori Guerrero o de Crox Alvarado…

Y para completar el aparato constructor de nuestras más creativas imaginaciones, siempre era acompañado de hermosas damiselas que le seguían en su lucha o que eran víctimas de su cercanía con el luchador y por lo mismo siempre en peligro, aunque a veces ellas eran las malas: Lorena Velázquez, la gran Lorena Velázquez casi siempre era la posesión de maldad hecha hermosura y nuestros primeros malos pensamientos.

Qué días tan felices aquellos de nuestra infancia en la que todo era verdad y todo era mentira y no había cristal con que el que se les mira. Simple y sencillamente que entre nuestros héroes estaban los grandes de la Lucha Libre mexicana y nosotros queríamos eso: ser El Santo, el enmascarado de plata, aunque nuestras tías buenas y pudorosas querían que fuéramos “Joselito, el ruiseñor español”. Nada: ¡El Santo!”

Y todo esto viene a cuento porque el 3 de julio de 2019 murió a los 73 años uno de los luchadores emblemáticos de este deporte-espectáculo: El gran “Perro Aguayo”, una de las figuras históricas del ‘pancracio mexicano’ y quien no siempre se llamó así:

Era Pedro Aguayo Damián (Nochistlán, Zacatecas, 18 de enero de 1946), un deportista que comenzó como luchador olímpico y que luego pasó a ser profesional, al principio como “El can de Nochistlán” y luego bautizado como “El Perro Aguayo”, quien fue el primer luchador en coronarse con el Campeonato Mundial de Peso Ligero de la WWF Light Heavyweight Championship.

Debutó en 1970 y pronto se hizo notar por su técnica deportiva, al principio del tipo olímpico, como también –luego- por la fiereza con la que se enfrentaba a sus rivales; lo de “Perro”, le vino por la forma como atacaba a sus enemigos y no los soltaba bajo ninguna circunstancia, precisamente como ‘un perro’: grrrrrr.

Foto Especial

Fue hijo de don José Santana Aguayo y doña Gabina Damián, quienes tuvieron 16 hijos. Al poco tiempo la situación difícil en la que vivían hizo que se trasladaran a Tala, Jalisco y luego otro peregrinar hacia Guadalajara.

Siendo un niño aun comenzó a trabajar como ayudante en una panadería, luego pasó a ser zapatero, pero el deporte le jalaba en sus tiempos libres, ya como futbolista o boxeador. Cuando tenía 16 años comenzó con lo de la Lucha Libre. Por su complexión y destreza, Apolo Romano lo llevó a un entrenamiento… y de ahí en adelante.

La pasó negras el incipiente luchador. En un ambiente por sí mismo tenso y de confrontación pudo imponerse para conseguir un lugar dentro de este deporte. Así que ese debut llegó un día de las madres, el 10 de mayo de 1970,en Sayula, Jalisco, luego de un intenso y casi dramático entrenamiento bajo el cuidado de su maestro: Cuauhtémoc “Diablo” Velazco.

Su primer encuentro fue con el Indio Jerónimo en contra Alfonso Dantés y Red Terror y desde entonces adoptó su indumentaria histórica: un chaleco y botas a juego, fabricadas por su padre y simulando ser de pelo de perro y un calzón negro.

Foto Especial

El Perro Aguayo era bueno para hacer llaves irrompibles como por inventarlas: “La lanza zacatecana” era su sello de distinción: saltaba sobre el adversario que estaba en la lona y le caía de pie sobre su pecho; o “La silla” porque se subía a las cuerdas y saltaba para caer sentado en su oponente… ¡todo fiereza y todo técnica! en contra de enemigos en el ring como El Villano II, El Faraón, El Solitario, Fishman, Sangre Chicana y Los hermanos Dinamita: ¡Qué tal! Toda una estrella de la lucha libre mexicana.

En el Distrito Federal comenzó pronto y con fama de rudo y casi sanguinario. “Fue parte vital de la lucha libre independiente que hizo vibrar el extinto Toreo de Cuatro Caminos, donde lo mismo enfrentó a los Villanos, que a Canek y al japonés Gran Hamada. Como parte de la Empresa Mexicana de Lucha Libre, en marzo de 1991, la Arena México fue testigo de una batalla épica en la que desenmascaró al poderoso luchador cubano, Konnan.

“Diez años más tarde, el menor de la familia Reyes, Universo 2000, lo obligó a jugarse la cabellera en la Arena México, cita a la que el Can llegó mermado y fue castigado con un ‘Martinete’ que lo mandó al retiro.

“Al menos eso parecía, pero aliado a su hijo, Perro Aguayo Jr., regresó por la revancha cuatro años después para terminar con los rizos de Cien Caras y Máscara Año 2000, hermanos de su verdugo. Otros de sus trofeos importantes fueron las máscaras de Stuka y Máscara Año 2000, conseguidas en la Plaza Monumental de Monterrey y la Plaza México, respectivamente.”

Era un campeón. Era la rudeza absoluta. Era el enemigo de todos. Pero también amigo de todos. A la manera de “El principio del placer” de José Emilio Pacheco, cuya trama ocurre en Veracruz y el jovencísimo personaje es testigo de una confrontación en el ring de dos luchadores, “a muerte”; dos “enemigos irreconciliables” y por los que inicia una zacapela al interior del coliseo. El público confrontado por cada uno de sus ídolos: golpes, piquetes de ojos, jalones y moretones: al día siguiente los dos “enemigos irreconciliables” tomaban cervezas frías en la playa, muy contentos.

El 21 de marzo de 2015 sufrió la tragedia de la muerte enTijuana de Pedro Aguayo Ramírez: Perro Aguayo Jr. o El Hijo del Perro Aguayo. Esta tragedia lo devastó. Su joven hijo de apenas 36 años había sido su compañero, su alumno y su vida… Después ya nada sería igual. Cuatro años esperó aun para encontrarse con su hijo, en algún ring en algún lugar, en donde juntos se enfrentan, seguro, a El Santo y a Blue Demon: Máscaras contra cabelleras: a tres caídas, sin límite de tiempo.

Y nosotros niños, seguiremos luchando siempre, apostando nuestras máscaras y nuestras cabelleras, seremos El Santo, Mil máscaras, Tonina Jackson, Héctor Garza, Octagón, Atlantis, El Cibernético, Blue Demon, Black Shadow, Gori Guerrero, Neutrón

… Y todos juntos, envueltos en tierra, y sudorosos, pero felices porque la lucha libre es deporte y es teatro en una confrontación de igual a igual y en la que, después de todo como la vida, es un ring, luego vendrá el recuerdo y una carcajada interminable por lo que hemos hecho, por lo que hicimos, por lo que sigue.

joelhsantiago@gmail.com

Todos queríamos ser El Santo. Pero no todos debíamos ser El Santo, si no, no habría lucha libre. Así que o se resolvía en un “lo dije yo primero” o con un volado: “Águila o sol”… y así otro era Blue Demon, otro Black Shadow, aquel “El Rayo de Jalisco” y el gran perdedor era el Cavernario Galindo o El médico asesino… más.

Y se armaba el combate entre los niños que éramos entonces: máscara contra cabellera ‘a tres caídas sin límite de tiempo’. La máscara casi siempre era un paliacate con agujeros para mirar y respirar, la cabellera estaba a salvo, aunque el perdedor recibía jalones de copete y casi perdía el cuero cabelludo. ¡Era fantástico!

Algunos habían aprendido ‘la quebradora’, ‘el candado’, ‘el salto aéreo’… y aunque el ring estaba hecho con cuatro piedras equidistantes para hacer el cuadro, el piso era de tierra y… uhhhh… no había ‘réferi’: o si, todos éramos el ‘réferi’ que parábamos en cuanto alguno se pasaba de la raya… pero cada uno cuidaba de no hacerlo porque lo que seguía era que en el siguiente combate ya no entraba ‘al quite’.

Luchábamos hasta quedar exhaustos y con la ropa llena de la tierra de nuestro cuadrilátero. Luego vendría otra lucha libre con la mamá de uno para explicar ese estado lamentable de nuestro uniforme escolar: “¡Lo vas a lavar tú, yo no soy tu criada!” Pero nada, al día siguiente ya teníamos el uniforme limpio y resplandeciente…

Pero eso era nuestro juego estelar, por supuesto había el beisbol, había el “Burro 17” o los manuales como el trompo, el tacón, el balero, las canicas… ‘tréboles y ágatas’… bombonas o balines… De todo había en nuestro envoltorio secreto. Pero lo de la lucha libre era lo grande.

Los escuincles que por entonces teníamos de 8 a 14 años, estábamos imbuidos en ese afán de fortaleza, destreza y maña por las películas que pasaban de tiempo en tiempo por allá, en mi pueblito ‘risueño’ y ‘cantarín’: “Santo contra las mujeres vampiro”; “Santo contra las momias”, “Santo contra Blue Demon”,“Santo contra los zombis” o aquella de “Santo contra la momia azteca”… (¡Chin!).

Y no nos perdíamos una: no sólo porque había que ver la manera cómo ‘El enmascarado de plata’ –que era una especie de aluxe de los rines- enfrentaba al mal. No sólo porque estaba convencido de que tenía que salvar a la humanidad de los peligros que le acechan, sino también porque en sus enfrentamientos de lucha libre casi siempre tenía que pelear con enviados del mal disfrazados de Gori Guerrero o de Crox Alvarado…

Y para completar el aparato constructor de nuestras más creativas imaginaciones, siempre era acompañado de hermosas damiselas que le seguían en su lucha o que eran víctimas de su cercanía con el luchador y por lo mismo siempre en peligro, aunque a veces ellas eran las malas: Lorena Velázquez, la gran Lorena Velázquez casi siempre era la posesión de maldad hecha hermosura y nuestros primeros malos pensamientos.

Qué días tan felices aquellos de nuestra infancia en la que todo era verdad y todo era mentira y no había cristal con que el que se les mira. Simple y sencillamente que entre nuestros héroes estaban los grandes de la Lucha Libre mexicana y nosotros queríamos eso: ser El Santo, el enmascarado de plata, aunque nuestras tías buenas y pudorosas querían que fuéramos “Joselito, el ruiseñor español”. Nada: ¡El Santo!”

Y todo esto viene a cuento porque el 3 de julio de 2019 murió a los 73 años uno de los luchadores emblemáticos de este deporte-espectáculo: El gran “Perro Aguayo”, una de las figuras históricas del ‘pancracio mexicano’ y quien no siempre se llamó así:

Era Pedro Aguayo Damián (Nochistlán, Zacatecas, 18 de enero de 1946), un deportista que comenzó como luchador olímpico y que luego pasó a ser profesional, al principio como “El can de Nochistlán” y luego bautizado como “El Perro Aguayo”, quien fue el primer luchador en coronarse con el Campeonato Mundial de Peso Ligero de la WWF Light Heavyweight Championship.

Debutó en 1970 y pronto se hizo notar por su técnica deportiva, al principio del tipo olímpico, como también –luego- por la fiereza con la que se enfrentaba a sus rivales; lo de “Perro”, le vino por la forma como atacaba a sus enemigos y no los soltaba bajo ninguna circunstancia, precisamente como ‘un perro’: grrrrrr.

Foto Especial

Fue hijo de don José Santana Aguayo y doña Gabina Damián, quienes tuvieron 16 hijos. Al poco tiempo la situación difícil en la que vivían hizo que se trasladaran a Tala, Jalisco y luego otro peregrinar hacia Guadalajara.

Siendo un niño aun comenzó a trabajar como ayudante en una panadería, luego pasó a ser zapatero, pero el deporte le jalaba en sus tiempos libres, ya como futbolista o boxeador. Cuando tenía 16 años comenzó con lo de la Lucha Libre. Por su complexión y destreza, Apolo Romano lo llevó a un entrenamiento… y de ahí en adelante.

La pasó negras el incipiente luchador. En un ambiente por sí mismo tenso y de confrontación pudo imponerse para conseguir un lugar dentro de este deporte. Así que ese debut llegó un día de las madres, el 10 de mayo de 1970,en Sayula, Jalisco, luego de un intenso y casi dramático entrenamiento bajo el cuidado de su maestro: Cuauhtémoc “Diablo” Velazco.

Su primer encuentro fue con el Indio Jerónimo en contra Alfonso Dantés y Red Terror y desde entonces adoptó su indumentaria histórica: un chaleco y botas a juego, fabricadas por su padre y simulando ser de pelo de perro y un calzón negro.

Foto Especial

El Perro Aguayo era bueno para hacer llaves irrompibles como por inventarlas: “La lanza zacatecana” era su sello de distinción: saltaba sobre el adversario que estaba en la lona y le caía de pie sobre su pecho; o “La silla” porque se subía a las cuerdas y saltaba para caer sentado en su oponente… ¡todo fiereza y todo técnica! en contra de enemigos en el ring como El Villano II, El Faraón, El Solitario, Fishman, Sangre Chicana y Los hermanos Dinamita: ¡Qué tal! Toda una estrella de la lucha libre mexicana.

En el Distrito Federal comenzó pronto y con fama de rudo y casi sanguinario. “Fue parte vital de la lucha libre independiente que hizo vibrar el extinto Toreo de Cuatro Caminos, donde lo mismo enfrentó a los Villanos, que a Canek y al japonés Gran Hamada. Como parte de la Empresa Mexicana de Lucha Libre, en marzo de 1991, la Arena México fue testigo de una batalla épica en la que desenmascaró al poderoso luchador cubano, Konnan.

“Diez años más tarde, el menor de la familia Reyes, Universo 2000, lo obligó a jugarse la cabellera en la Arena México, cita a la que el Can llegó mermado y fue castigado con un ‘Martinete’ que lo mandó al retiro.

“Al menos eso parecía, pero aliado a su hijo, Perro Aguayo Jr., regresó por la revancha cuatro años después para terminar con los rizos de Cien Caras y Máscara Año 2000, hermanos de su verdugo. Otros de sus trofeos importantes fueron las máscaras de Stuka y Máscara Año 2000, conseguidas en la Plaza Monumental de Monterrey y la Plaza México, respectivamente.”

Era un campeón. Era la rudeza absoluta. Era el enemigo de todos. Pero también amigo de todos. A la manera de “El principio del placer” de José Emilio Pacheco, cuya trama ocurre en Veracruz y el jovencísimo personaje es testigo de una confrontación en el ring de dos luchadores, “a muerte”; dos “enemigos irreconciliables” y por los que inicia una zacapela al interior del coliseo. El público confrontado por cada uno de sus ídolos: golpes, piquetes de ojos, jalones y moretones: al día siguiente los dos “enemigos irreconciliables” tomaban cervezas frías en la playa, muy contentos.

El 21 de marzo de 2015 sufrió la tragedia de la muerte enTijuana de Pedro Aguayo Ramírez: Perro Aguayo Jr. o El Hijo del Perro Aguayo. Esta tragedia lo devastó. Su joven hijo de apenas 36 años había sido su compañero, su alumno y su vida… Después ya nada sería igual. Cuatro años esperó aun para encontrarse con su hijo, en algún ring en algún lugar, en donde juntos se enfrentan, seguro, a El Santo y a Blue Demon: Máscaras contra cabelleras: a tres caídas, sin límite de tiempo.

Y nosotros niños, seguiremos luchando siempre, apostando nuestras máscaras y nuestras cabelleras, seremos El Santo, Mil máscaras, Tonina Jackson, Héctor Garza, Octagón, Atlantis, El Cibernético, Blue Demon, Black Shadow, Gori Guerrero, Neutrón

… Y todos juntos, envueltos en tierra, y sudorosos, pero felices porque la lucha libre es deporte y es teatro en una confrontación de igual a igual y en la que, después de todo como la vida, es un ring, luego vendrá el recuerdo y una carcajada interminable por lo que hemos hecho, por lo que hicimos, por lo que sigue.

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