/ jueves 14 de mayo de 2020

Yo, coronavirus. El viaje

Hay para ti más peligro en la información falsa y sin sustento, que en afrontar veinte espadas desnudas

Habíamos sido felices caminando sobre una cuerda floja, habíamos florecido en una infección de contradicciones, nos habíamos encontrado en un laberinto de paradojas sin mirar nunca al suelo, sin mirar nunca al cielo, sin mirar.

- ALMUDENA GRANDES

Aquí estoy una vez más contigo, estimado lector. Yo, Coronavirus, el SARS-CoV-2. Vengo a presentarte otra parte importante de mi historia confidencial. Déjame hablar contigo. Tendré especial cuidado con algunos detalles, porque en fechas recientes ha surgido información que no es precisa.

Ser un virus no es tarea fácil. Penetrar en las células de cualquier organismo es peligroso para nosotros, los virus. Se tienen que superar muchas barreras de manera sucesiva para poder alcanzar el sitio específico para replicarnos. Y así comienza este viaje.

Mi primer obstáculo a superar es el poder entrar en las células humanas. Para que los virus comencemos una infección, debemos encontrar un receptor específico que nos permita unirnos a las células susceptibles de nuestros hospederos. Una vez que hemos reconocido al receptor, el cual funciona como la cerradura de una puerta para entrar a tu hogar, sólo entonces podemos penetrar en las células donde nos replicamos.

Cuando una persona infectada, al estornudar expulsa pequeñas gotas de saliva en las que soy transportado, y alguien las inhala, entro a su cuerpo a través de la nariz y garganta. Estos son dos lugares ricos en un una molécula llamada “receptor de la enzima convertidora de angiotensina 2” (ACE2).

Esa es la cerradura ideal que me permite abrir la puerta para entrar a tus células. Ya adentro, secuestro su maquinaria, de modo que tus células harán, bajo mis órdenes, miles de copias mías que, posteriormente, invadirán otras células.

Normalmente, tus células usan el receptor ACE2 para regular la presión sanguínea de tu cuerpo al “activar o degradar” unas moléculas llamadas angiotensinas 1 y 2. Ambas angiotensinas disminuyen el diámetro de los vasos sanguíneos, por lo que, al haber una gran cantidad de angiotensinas, la presión arterial se incrementa.

E insisto, no es fácil ser virus. Normalmente, al inicio de cualquier infección viral, tu cuerpo produce un tipo especial de células blancas (linfocitos B) que producen un par de proteínas (anticuerpos) llamadas inmunoglobulinas G y M (IgG e IgM), las cuales pueden bloquear mi infectividad y destruirme.

Si por alguna razón, como una enfermedad o una alimentación inadecuada, tu sistema inmune no es capaz de evitar mi replicación, continuaré mi viaje hacia tus pulmones. Aquí inicia una competencia contrarreloj entre la rapidez con la que tus células son capaces de producir IgG e IgM y la velocidad con la que me replico. Si la producción de tus anticuerpos es más rápida, hasta ahí concluyó mi viaje.

Pero si me replico más rápido, y he demostrado ser efectivo en esto, llego a tus pulmones, y suelo ser letal. ¿Por qué? Porque en tus pulmones hay unas bolsas muy pequeñas que reciben el aire que respiras (alvéolos), desde los cuales el oxígeno es transferido a tu sangre para que sea distribuido a todo tu cuerpo. El problema es que los alvéolos están cubiertos por células ricas en el receptor ACE2. Y de eso me aprovecho. Así, condiciones como la hipertensión o diabetes, hacen que en los alveolos haya mas receptores ACE2. Más cerraduras, más posibilidades, para que entre a las células a replicarme. Y luego… el desastre.

El haberme replicado más rápido no significa que tu cuerpo deje de pelear contra mí. La respuesta inmune ahora será más agresiva. Algunas células comenzarán a producir otro tipo de proteínas llamadas citocinas quimiotácticas, las cuales participan en los procesos de inflamación, atrayendo más células inmunes que destruirán las células que yo he infectado. Desafortunadamente, esto genera una gran cantidad de fluidos y células muertas (pus), de modo que se desarrolla una condición llamada síndrome de distrés respiratorio agudo (SDRA) en la que los pacientes presentan dificultad para respirar y, por ende, niveles muy bajos de oxígeno en los tejidos. De aquí la necesidad del soporte respiratorio mediante ventiladores mecánicos.

¡Fíjate bien! Es como si tu cuerpo respondiera produciendo una cantidad descontrolada de sustancias que, además de tratar de destruirme, también te causan un daño colateral irreparable. Esta respuesta se ha denominado tormenta de citocinas, y muchos estudios sugieren que un grupo de pacientes a los que he infectado podrían haber sufrido esta reacción inmune exagerada.

Ilustración: Luis Calderón

Recientemente se publicó un video en redes sociales en el que se dice que la gente infectada por SARS-CoV-2 no sufre neumonía, sino trombosis (formación de coágulos que pueden bloquear vasos sanguíneos). Espero que después de haberte descrito lo anterior, te quede muy claro que sí provoco los daños típicos de una neumonía. Sin embargo, en algunos pacientes que he infectado también se han observado anomalías en su coagulación. Permíteme decir que a pocos patógenos se les habría ocurrido ejecutar una estrategia tan elaborada y perversa para apoderarse de tu cuerpo.

¿Recuerdas las angiotensinas 1 y 2? El problema es que, además de regular la presión sanguínea, la angiotensina 2 puede producir algunos efectos adversos en el cuerpo si sus niveles no son controlados; entre ellos, se incluye un incremento en la coagulación. Normalmente, los niveles de angiotensina 2 son regulados por los receptores ACE2, ya que “cortan” un extremo de la angiotensina 2 y la inactivan, de modo que no hay coagulación excesiva. Pero, como ya he ocupado esos receptores para entrar a la célula, se pierde el equilibrio y hay un aumento de la forma “activa” de la angiotensina 2, facilitando los procesos de hipercoagulación. Sí, uno de mis efectos puede ser la trombosis, pero no el más común.

Finalmente, existen otros órganos, además de los pulmones, que presentan receptores ACE2 en algunas de sus células. Entre ellos el cerebro (se asume que ésta es la razón por la que algunos pacientes infectados por mí, pueden presentar convulsiones, pérdida del olfato y del sabor, así como dolores fuertes de cabeza), corazón, riñones e intestino (se ha sugerido que por esto, algunos pacientes sufren diarreas). Esto ha hecho que mi feroz batalla para conquistar tu cuerpo sea tan exitosa.

Y déjame que te diga algo: mi historia está llena de estruendo y furia, de la que alguna gente se ha aprovechado para ganar cierta notoriedad. Infórmate bien. Hay para ti más peligro en la información falsa y sin sustento, que en afrontar veinte espadas desnudas.

¿Te das cuenta?

El mapa del daño que puedo generar es muy impreciso todavía. Si bien ya te lo había dicho antes en el artículo Yo Coronavirus, espero que ahora te quede más claro que puedo ser letal. Soy el virus, un ente insignificante y carente de vida, que detuvo el mundo.

¿Quieres evitar sufrir las consecuencias de conocerme en persona?

Reduce las posibilidades de encontrarnos: procura no salir a la calle, mantén una distancia adecuada con otras personas, y lávate frecuentemente las manos con abundante jabón.

El doctor Arturo Sánchez-Paz, el maestro de ciencias Fernando MendozaCano y el maestro en ciencias Trinidad Encinas-García están adscritos al Laboratorio de Virología del Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste (Cibnor), Unidad Hermosillo. Asimismo, el doctor Sánchez-Paz, además de ser investigador titular A en el Cibnor, es miembro del SNI nivel 2, de la American Society for Virology, de The World Society for Virology, socio numerario de la Sociedad Mexicana de Virología, miembro de la Red Mexicana de Virología y del Consejo Consultivo Científico de la Comisión Intersecretarial de Bioseguridad de los Organismos Genéticamente Modificados (Cibiogem).

* Laboratorio de Virología Centro de Investigaciones Biológicas del Noreste Unidad Hermosillo


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Habíamos sido felices caminando sobre una cuerda floja, habíamos florecido en una infección de contradicciones, nos habíamos encontrado en un laberinto de paradojas sin mirar nunca al suelo, sin mirar nunca al cielo, sin mirar.

- ALMUDENA GRANDES

Aquí estoy una vez más contigo, estimado lector. Yo, Coronavirus, el SARS-CoV-2. Vengo a presentarte otra parte importante de mi historia confidencial. Déjame hablar contigo. Tendré especial cuidado con algunos detalles, porque en fechas recientes ha surgido información que no es precisa.

Ser un virus no es tarea fácil. Penetrar en las células de cualquier organismo es peligroso para nosotros, los virus. Se tienen que superar muchas barreras de manera sucesiva para poder alcanzar el sitio específico para replicarnos. Y así comienza este viaje.

Mi primer obstáculo a superar es el poder entrar en las células humanas. Para que los virus comencemos una infección, debemos encontrar un receptor específico que nos permita unirnos a las células susceptibles de nuestros hospederos. Una vez que hemos reconocido al receptor, el cual funciona como la cerradura de una puerta para entrar a tu hogar, sólo entonces podemos penetrar en las células donde nos replicamos.

Cuando una persona infectada, al estornudar expulsa pequeñas gotas de saliva en las que soy transportado, y alguien las inhala, entro a su cuerpo a través de la nariz y garganta. Estos son dos lugares ricos en un una molécula llamada “receptor de la enzima convertidora de angiotensina 2” (ACE2).

Esa es la cerradura ideal que me permite abrir la puerta para entrar a tus células. Ya adentro, secuestro su maquinaria, de modo que tus células harán, bajo mis órdenes, miles de copias mías que, posteriormente, invadirán otras células.

Normalmente, tus células usan el receptor ACE2 para regular la presión sanguínea de tu cuerpo al “activar o degradar” unas moléculas llamadas angiotensinas 1 y 2. Ambas angiotensinas disminuyen el diámetro de los vasos sanguíneos, por lo que, al haber una gran cantidad de angiotensinas, la presión arterial se incrementa.

E insisto, no es fácil ser virus. Normalmente, al inicio de cualquier infección viral, tu cuerpo produce un tipo especial de células blancas (linfocitos B) que producen un par de proteínas (anticuerpos) llamadas inmunoglobulinas G y M (IgG e IgM), las cuales pueden bloquear mi infectividad y destruirme.

Si por alguna razón, como una enfermedad o una alimentación inadecuada, tu sistema inmune no es capaz de evitar mi replicación, continuaré mi viaje hacia tus pulmones. Aquí inicia una competencia contrarreloj entre la rapidez con la que tus células son capaces de producir IgG e IgM y la velocidad con la que me replico. Si la producción de tus anticuerpos es más rápida, hasta ahí concluyó mi viaje.

Pero si me replico más rápido, y he demostrado ser efectivo en esto, llego a tus pulmones, y suelo ser letal. ¿Por qué? Porque en tus pulmones hay unas bolsas muy pequeñas que reciben el aire que respiras (alvéolos), desde los cuales el oxígeno es transferido a tu sangre para que sea distribuido a todo tu cuerpo. El problema es que los alvéolos están cubiertos por células ricas en el receptor ACE2. Y de eso me aprovecho. Así, condiciones como la hipertensión o diabetes, hacen que en los alveolos haya mas receptores ACE2. Más cerraduras, más posibilidades, para que entre a las células a replicarme. Y luego… el desastre.

El haberme replicado más rápido no significa que tu cuerpo deje de pelear contra mí. La respuesta inmune ahora será más agresiva. Algunas células comenzarán a producir otro tipo de proteínas llamadas citocinas quimiotácticas, las cuales participan en los procesos de inflamación, atrayendo más células inmunes que destruirán las células que yo he infectado. Desafortunadamente, esto genera una gran cantidad de fluidos y células muertas (pus), de modo que se desarrolla una condición llamada síndrome de distrés respiratorio agudo (SDRA) en la que los pacientes presentan dificultad para respirar y, por ende, niveles muy bajos de oxígeno en los tejidos. De aquí la necesidad del soporte respiratorio mediante ventiladores mecánicos.

¡Fíjate bien! Es como si tu cuerpo respondiera produciendo una cantidad descontrolada de sustancias que, además de tratar de destruirme, también te causan un daño colateral irreparable. Esta respuesta se ha denominado tormenta de citocinas, y muchos estudios sugieren que un grupo de pacientes a los que he infectado podrían haber sufrido esta reacción inmune exagerada.

Ilustración: Luis Calderón

Recientemente se publicó un video en redes sociales en el que se dice que la gente infectada por SARS-CoV-2 no sufre neumonía, sino trombosis (formación de coágulos que pueden bloquear vasos sanguíneos). Espero que después de haberte descrito lo anterior, te quede muy claro que sí provoco los daños típicos de una neumonía. Sin embargo, en algunos pacientes que he infectado también se han observado anomalías en su coagulación. Permíteme decir que a pocos patógenos se les habría ocurrido ejecutar una estrategia tan elaborada y perversa para apoderarse de tu cuerpo.

¿Recuerdas las angiotensinas 1 y 2? El problema es que, además de regular la presión sanguínea, la angiotensina 2 puede producir algunos efectos adversos en el cuerpo si sus niveles no son controlados; entre ellos, se incluye un incremento en la coagulación. Normalmente, los niveles de angiotensina 2 son regulados por los receptores ACE2, ya que “cortan” un extremo de la angiotensina 2 y la inactivan, de modo que no hay coagulación excesiva. Pero, como ya he ocupado esos receptores para entrar a la célula, se pierde el equilibrio y hay un aumento de la forma “activa” de la angiotensina 2, facilitando los procesos de hipercoagulación. Sí, uno de mis efectos puede ser la trombosis, pero no el más común.

Finalmente, existen otros órganos, además de los pulmones, que presentan receptores ACE2 en algunas de sus células. Entre ellos el cerebro (se asume que ésta es la razón por la que algunos pacientes infectados por mí, pueden presentar convulsiones, pérdida del olfato y del sabor, así como dolores fuertes de cabeza), corazón, riñones e intestino (se ha sugerido que por esto, algunos pacientes sufren diarreas). Esto ha hecho que mi feroz batalla para conquistar tu cuerpo sea tan exitosa.

Y déjame que te diga algo: mi historia está llena de estruendo y furia, de la que alguna gente se ha aprovechado para ganar cierta notoriedad. Infórmate bien. Hay para ti más peligro en la información falsa y sin sustento, que en afrontar veinte espadas desnudas.

¿Te das cuenta?

El mapa del daño que puedo generar es muy impreciso todavía. Si bien ya te lo había dicho antes en el artículo Yo Coronavirus, espero que ahora te quede más claro que puedo ser letal. Soy el virus, un ente insignificante y carente de vida, que detuvo el mundo.

¿Quieres evitar sufrir las consecuencias de conocerme en persona?

Reduce las posibilidades de encontrarnos: procura no salir a la calle, mantén una distancia adecuada con otras personas, y lávate frecuentemente las manos con abundante jabón.

El doctor Arturo Sánchez-Paz, el maestro de ciencias Fernando MendozaCano y el maestro en ciencias Trinidad Encinas-García están adscritos al Laboratorio de Virología del Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste (Cibnor), Unidad Hermosillo. Asimismo, el doctor Sánchez-Paz, además de ser investigador titular A en el Cibnor, es miembro del SNI nivel 2, de la American Society for Virology, de The World Society for Virology, socio numerario de la Sociedad Mexicana de Virología, miembro de la Red Mexicana de Virología y del Consejo Consultivo Científico de la Comisión Intersecretarial de Bioseguridad de los Organismos Genéticamente Modificados (Cibiogem).

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