/ viernes 24 de mayo de 2019

Adultos mayores viven en las calles

Del año 2017 a la actualidad, el DIF Municipal ha atendido a casi 400 personas de la tercera edad que vivían en la vía pública

Crisstian Villicaña

Nadie se imagina sin un hogar, mucho menos, se encuentra en los planes para la vejez, por el contrario, la idea general suele ser llegar a la edad adulta teniendo un espacio; casa, departamento, cuarto, en fin, un lugar donde pasar los últimos años de vida.

Pero no todos logran cumplir esta meta, viéndose obligados a vagar y pernoctar en las calles, subsistiendo en muchos de los casos a base de limosna o la venta de algunos chicles y mazapanes; convirtiéndose con ello en un sector vulnerable en dos sentidos, por su avanzada edad y por su condición de calle.

Del año 2017 a la actualidad, el DIF Municipal ha atendido a 373 personas adultas viviendo en la vía pública, en algún local comercial abandonado o parque. Luego que son encontrados, la institución realiza una pesquisa para dar con los familiares, teniendo entre 70 y 80% de éxito en el total de los casos, nos platica, Abril Zaragoza, coordinadora de la atención a la familia dentro de DIF Municipal, quien también explica cuál es el procedimiento que realizan cuando se presenta una situación de adultos mayores en la calle.

"Lo primero es tratar de subsanar su necesidad básica que puede ser vestido, a veces vienen muy mojados, muy sucios o sin alguna ropa de abrigo que este calientita, entonces dentro de DIF tenemos un almacén que tiene algo de ropa para que ellos puedan ponérsela, les pedimos alimento, en el área de almacén eventualmente preparan algunos insumos para ellos y ellas".

Una vez que se le brinda dicha atención a la persona, se comienza a indagar sobre su pasado. "Lo más probable es que tenía un hogar, una familia, tenía allegados que se pudieran hacer cargo de él o de ella. La mayoría de las veces las personas o ya no recuerdan o definitivamente ya no tienen el interés de contactar con su familia".

"Cuando ellos ya están en situación de calle nosotros nos podemos dar cuenta pronto si esta persona tiene mucho tiempo en la situación de calle o si en un momento dado recientemente salió", señala.

En los casos en lo que no se encuentran a los familiares se buscan asilos o estancias que los reciban, a falta de un espacio gubernamental que de hogar a esta población, el DIF se apoya en las asociaciones civiles, siendo una de las más importantes Agtagama; de la cual se hablará más adelante.

La historia de Conchita Originaria de San Luis Potosí, Conchita Hernández Velázquez no recuerda con exactitud cuánto tiempo lleva viviendo en las calles; según ella, sus cálculos son vagos, pero entre los recuerdos dice que puede que sean más de tres, incluso cuatro o cinco años.

Dice tener un hijo, un marino de los Estados Unidos al cual no ve. Su "hogar" es la vía pública; por lo pronto a un costado del Museo de Cera, ahí pasa las noches junto con su compañero, un hombre de 60 años de edad; más joven que yo dice Conchita; quien pese a no recordar cuánto tiempo ha pasado en las calles, recuerda con exactitud su fecha de cumpleaños.

"Nací en mayo 2 del 40, acabo de cumplir años (79). Tengo un hijo de la marina americana, ahorita no tengo contacto con él", platica con un tono serio, mientras aborda una problemática que tiene que enfrentar por vivir en la calle, la policía municipal.

"A mi señor se lo llevan cada rato, hay un policía que tiro por viaje se lo lleva, y él no está haciendo nada, a veces anda tomado, pero no lleva la botella en la mano; él es muy bueno, muy trabajador. Precisamente hace unos días se lo llevaron, sin que vaya haciendo nada, nomás porque está en la calle, eso no está bien, no es para que se lo lleven; él trabaja y me da dinero, se queda con el que el debe de quedar y a mí me da mi dinero, pero ahorita no (por haber sido llevado detenido)", narra.

Cuando se presenta esta ausencia, dice no quedarse sin ayuda, ya que hay una persona que cuando la ve le pregunta si ya comió, para después regalarle dinero o llevarle algún alimento; pese a esta condición de precariedad que vive, Conchita, se permite compartir lo poco que tiene cuando observa que alguien lo necesita.

"A veces cuando un viejito me dice que no trae para el camión, una viejecita, yo meto mi manita a la bolsa y si yo traigo les digo: 'tenga para su camión' yo les diera más, pero no puedo, así soy yo", expresa con un tono de amabilidad, mientras añade que también ayuda a los niños que le piden dinero, hecho que no le agrada a su compañero, sin embargo, ella lo sigue haciendo porque siente empatía por los más pequeños, en especial si tienen una necesidad.

Por última, platica sobre la rapidez de mano que la caracterizaba durante su juventud, mientras trabajaba en una empacadora de manzanas, donde dice llego a ser la número uno en la línea de empaque, sus pequeñas manos, relata, eran rápidas, y hoy, muy alejada de esa realidad, con casi 80 años de vida, pasa sus días a la intemperie, eso sí, compartiendo un poco de lo que tiene.

Agtagama: tomando responsabilidad

Dentro de los espacios a los cuales recurre el DIF Municipal para albergar a personas adultas en situación de calle sobresale Agtagama, un espacio que un inicio nació como centro de rehabilitación para adictos a drogas y con el paso del tiempo se transformó en lo que es el día de hoy, un lugar para aquellos que en los últimos años de su vida se han quedado sin hogar.

Sara Guadalupe Méndez Martínez, directora general de Agtagama A.C. Asilo de ancianos, nos platicó que desde el 21 de octubre del 2008 el lugar opera como refugio para personas adultas; una labor que tiene sus retos diarios al dar atención en ocasiones hasta 60 hombres y mujeres.

"Tengo seis que no pueden valerse por sí mismos, la mayoría de ellos son incapacitados, paralíticos, con embolia cerebral; es muy poco las actividades que pueden realizar, no pueden ni colorear, los que pueden hacen sus dinámicas, sus ejercicios, a como nosotros podemos".

"Todos necesitan ayudan, algunos pueden bañarse, como cuatro, pero no se les permite, todo eso se les hace, corte de pelo, uñas, todo. No trabajamos con ningún presupuesto, nosotros vivimos por fe primeramente y por donaciones de particulares, así como del DIF, el cual nos da alimentos, fue duro al principio, pero me quedo muy claro que si yo decidí quedarme con estos ancianos fue porque yo iba a ver por ellos, ya lo que hace la comunidad es extra, si uno se mete a tener una institución y aceptarla es porque le va echar muchas ganas para sacarlos adelante", narra.

En la actualidad, es un equipo de seis personas las que se encarga de mantener el lugar y a los inquilinos; muchos de ellos ex adictos que luego que el lugar se convirtiera en asilo, se quedaron a laborar, a cambio, el lugar es su casa también.

Al cuestionarle a Sara Guadalupe, cuánto tiempo más se ve realizando esta labor, nos dijo. "Creo que esto es de Dios, yo un asilo jamás lo hubiera puesto, yo no le voy hablar de mi buen corazón, yo trabajé mucho con niños, tengo 35 años en labor social, en Estados Unidos también trabajé en el YAMC (asistencia a familias de bajos recursos) como voluntaria de corazón, no tenía necesidad, pero aquí si me las vi duras de ir al sobreruedas a recoger verdura que dejaban, hasta huevos quebrados, pero salí adelante y aquí estoy".

"En el trayecto del asilo fui víctima de cáncer, carcinoma en estado 4; muerte en quince días. El doctor me dijo no te vamos a dar quimioterapia, ya para qué y ahora míreme, sólo Dios pudo hacer esto, entonces los abuelos son para mí un compromiso, como si fueran mis propios hijos, algunos malcriados, otros buenos, pero aquí estamos", concluyó.

Crisstian Villicaña

Nadie se imagina sin un hogar, mucho menos, se encuentra en los planes para la vejez, por el contrario, la idea general suele ser llegar a la edad adulta teniendo un espacio; casa, departamento, cuarto, en fin, un lugar donde pasar los últimos años de vida.

Pero no todos logran cumplir esta meta, viéndose obligados a vagar y pernoctar en las calles, subsistiendo en muchos de los casos a base de limosna o la venta de algunos chicles y mazapanes; convirtiéndose con ello en un sector vulnerable en dos sentidos, por su avanzada edad y por su condición de calle.

Del año 2017 a la actualidad, el DIF Municipal ha atendido a 373 personas adultas viviendo en la vía pública, en algún local comercial abandonado o parque. Luego que son encontrados, la institución realiza una pesquisa para dar con los familiares, teniendo entre 70 y 80% de éxito en el total de los casos, nos platica, Abril Zaragoza, coordinadora de la atención a la familia dentro de DIF Municipal, quien también explica cuál es el procedimiento que realizan cuando se presenta una situación de adultos mayores en la calle.

"Lo primero es tratar de subsanar su necesidad básica que puede ser vestido, a veces vienen muy mojados, muy sucios o sin alguna ropa de abrigo que este calientita, entonces dentro de DIF tenemos un almacén que tiene algo de ropa para que ellos puedan ponérsela, les pedimos alimento, en el área de almacén eventualmente preparan algunos insumos para ellos y ellas".

Una vez que se le brinda dicha atención a la persona, se comienza a indagar sobre su pasado. "Lo más probable es que tenía un hogar, una familia, tenía allegados que se pudieran hacer cargo de él o de ella. La mayoría de las veces las personas o ya no recuerdan o definitivamente ya no tienen el interés de contactar con su familia".

"Cuando ellos ya están en situación de calle nosotros nos podemos dar cuenta pronto si esta persona tiene mucho tiempo en la situación de calle o si en un momento dado recientemente salió", señala.

En los casos en lo que no se encuentran a los familiares se buscan asilos o estancias que los reciban, a falta de un espacio gubernamental que de hogar a esta población, el DIF se apoya en las asociaciones civiles, siendo una de las más importantes Agtagama; de la cual se hablará más adelante.

La historia de Conchita Originaria de San Luis Potosí, Conchita Hernández Velázquez no recuerda con exactitud cuánto tiempo lleva viviendo en las calles; según ella, sus cálculos son vagos, pero entre los recuerdos dice que puede que sean más de tres, incluso cuatro o cinco años.

Dice tener un hijo, un marino de los Estados Unidos al cual no ve. Su "hogar" es la vía pública; por lo pronto a un costado del Museo de Cera, ahí pasa las noches junto con su compañero, un hombre de 60 años de edad; más joven que yo dice Conchita; quien pese a no recordar cuánto tiempo ha pasado en las calles, recuerda con exactitud su fecha de cumpleaños.

"Nací en mayo 2 del 40, acabo de cumplir años (79). Tengo un hijo de la marina americana, ahorita no tengo contacto con él", platica con un tono serio, mientras aborda una problemática que tiene que enfrentar por vivir en la calle, la policía municipal.

"A mi señor se lo llevan cada rato, hay un policía que tiro por viaje se lo lleva, y él no está haciendo nada, a veces anda tomado, pero no lleva la botella en la mano; él es muy bueno, muy trabajador. Precisamente hace unos días se lo llevaron, sin que vaya haciendo nada, nomás porque está en la calle, eso no está bien, no es para que se lo lleven; él trabaja y me da dinero, se queda con el que el debe de quedar y a mí me da mi dinero, pero ahorita no (por haber sido llevado detenido)", narra.

Cuando se presenta esta ausencia, dice no quedarse sin ayuda, ya que hay una persona que cuando la ve le pregunta si ya comió, para después regalarle dinero o llevarle algún alimento; pese a esta condición de precariedad que vive, Conchita, se permite compartir lo poco que tiene cuando observa que alguien lo necesita.

"A veces cuando un viejito me dice que no trae para el camión, una viejecita, yo meto mi manita a la bolsa y si yo traigo les digo: 'tenga para su camión' yo les diera más, pero no puedo, así soy yo", expresa con un tono de amabilidad, mientras añade que también ayuda a los niños que le piden dinero, hecho que no le agrada a su compañero, sin embargo, ella lo sigue haciendo porque siente empatía por los más pequeños, en especial si tienen una necesidad.

Por última, platica sobre la rapidez de mano que la caracterizaba durante su juventud, mientras trabajaba en una empacadora de manzanas, donde dice llego a ser la número uno en la línea de empaque, sus pequeñas manos, relata, eran rápidas, y hoy, muy alejada de esa realidad, con casi 80 años de vida, pasa sus días a la intemperie, eso sí, compartiendo un poco de lo que tiene.

Agtagama: tomando responsabilidad

Dentro de los espacios a los cuales recurre el DIF Municipal para albergar a personas adultas en situación de calle sobresale Agtagama, un espacio que un inicio nació como centro de rehabilitación para adictos a drogas y con el paso del tiempo se transformó en lo que es el día de hoy, un lugar para aquellos que en los últimos años de su vida se han quedado sin hogar.

Sara Guadalupe Méndez Martínez, directora general de Agtagama A.C. Asilo de ancianos, nos platicó que desde el 21 de octubre del 2008 el lugar opera como refugio para personas adultas; una labor que tiene sus retos diarios al dar atención en ocasiones hasta 60 hombres y mujeres.

"Tengo seis que no pueden valerse por sí mismos, la mayoría de ellos son incapacitados, paralíticos, con embolia cerebral; es muy poco las actividades que pueden realizar, no pueden ni colorear, los que pueden hacen sus dinámicas, sus ejercicios, a como nosotros podemos".

"Todos necesitan ayudan, algunos pueden bañarse, como cuatro, pero no se les permite, todo eso se les hace, corte de pelo, uñas, todo. No trabajamos con ningún presupuesto, nosotros vivimos por fe primeramente y por donaciones de particulares, así como del DIF, el cual nos da alimentos, fue duro al principio, pero me quedo muy claro que si yo decidí quedarme con estos ancianos fue porque yo iba a ver por ellos, ya lo que hace la comunidad es extra, si uno se mete a tener una institución y aceptarla es porque le va echar muchas ganas para sacarlos adelante", narra.

En la actualidad, es un equipo de seis personas las que se encarga de mantener el lugar y a los inquilinos; muchos de ellos ex adictos que luego que el lugar se convirtiera en asilo, se quedaron a laborar, a cambio, el lugar es su casa también.

Al cuestionarle a Sara Guadalupe, cuánto tiempo más se ve realizando esta labor, nos dijo. "Creo que esto es de Dios, yo un asilo jamás lo hubiera puesto, yo no le voy hablar de mi buen corazón, yo trabajé mucho con niños, tengo 35 años en labor social, en Estados Unidos también trabajé en el YAMC (asistencia a familias de bajos recursos) como voluntaria de corazón, no tenía necesidad, pero aquí si me las vi duras de ir al sobreruedas a recoger verdura que dejaban, hasta huevos quebrados, pero salí adelante y aquí estoy".

"En el trayecto del asilo fui víctima de cáncer, carcinoma en estado 4; muerte en quince días. El doctor me dijo no te vamos a dar quimioterapia, ya para qué y ahora míreme, sólo Dios pudo hacer esto, entonces los abuelos son para mí un compromiso, como si fueran mis propios hijos, algunos malcriados, otros buenos, pero aquí estamos", concluyó.

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