/ domingo 26 de mayo de 2019

Amar a Mexicali, sobrevivir y permanecer

Date una vuelta por el Chicali Tragón

Karina Villalobos/La Voz de la Frontera

Por si alguien aún no lo nota, yo amo a Mexicali no sólo con todo mi corazón, sino con cada centímetro de órganos, vísceras y piel que me conforman.

Cuando hablo de mi tierra no falta quien me ha pedido “que le baje, que ni que fuera para tanto”, mi única respuesta siempre es: yo soy Mexicali.

Adoro la luz del sol en la mañana, que no me permite quedarme en cama; amo contemplar el cielo azul concreto del verano, que siempre está ahí para recordarme lo delicada que soy ante la fuerza del desierto que me rodea. Nada se compara al horizonte plano, cada que salgo de viaje y regreso lo plano me hace sentir tranquila, es una sensación de que nada se esconde, de que no hay para dónde huir.

Cuando manejo por el valle, intento que siempre me toque la hora dorada, porque hay pocas cosas tan espectaculares como los sembradíos bañados por el oro eterno del sol, y si hay nubes, la visión es para abrir la boca y tirar unas cuantas lágrimas.

¿Han estado alguna vez parados uno de esos puentes diseminados en el Valle?

El aire de los camiones y el eco de su andar azotan el cabello, los rosas y naranjas del crepúsculo parecen hechos a mano y la inmensidad de la tierra plana te hace sentir enraizado a la arena, hace falta una buena caguama para digerir la soledad y cariño que invaden a un mismo tiempo.

Y luego la ciudad, incaminable, sin banquetas, de concreto que hornea el ambiente, con olor a industria, comida y vacas.

Ruido, mucho ruido, música, semáforos poco coordinados, pocos parques, pocos árboles, y sin embargo aquí sigo, en algo que seguro ustedes conocen muy bien: esta especie de resistencia, de saber que si el desierto no ha terminado con nosotros es porque ya nada podrá hacerlo.

Y ahí es donde debo hablar de coincidir y habitar. Somos un bonche de bárbaros, saliendo a diario a ver de frente al sol, literal a corretear la papa de sombrita en sombrita, sintiendo la sal pegada al cuerpo en verano, y la resequedad en la piel en el corto invierno, y por eso y nomás por eso miramos a los otros a los ojos, invitamos un vaso de agua, una cerveza, un taco.

Gritamos, siempre gritamos, y a veces cuando regreso de andar lejos llego a pensar que hablamos ladrado, pero es que así tiene que ser, si no el desierto se tragaría cada sonido

En este lugar como dice mi querida Dena “se quedan los que aguantan”, y ahí es donde empieza la belleza del asunto, que cuando aguantas y aceptas con humildad los designios del desierto, al desierto no le queda otra que empezarte a regalar un buen de cosas bellas, pero solo las reciben los que sobreviven.

Como plato fuerte ordenamos el nada discreto Chamorro de Cerdo, que véalo usted, una verdadera comida para bárbaros (lo que somos en este norte, pues), doradito por fuera, delicado y jugoso por dentro. Lo acompañan una ensalada de papas y sauerkraut. Recomiendo no pedirlo si va solo, es una delicia que necesita cómplice para rendirle honor.

Pareciera que fuimos discretas celebrando con solo 2 platillos, pero las raciones son generosas y vuelvo de manera regular a sus mesas.

Si usted anda planeando darse una vuelta, no dude en ordenar el medio pulpo a las brasas, los tacos de jamaica, el queso Sonora en salsa morita, los elotes de plaza, la hamburguesa oktoberfest, la costilla cargada al horno, el rib eye o el atún al grill; todos probados y aprobados por este paladar y el de mis amigos tragones. Tras tres años de escribir sobre comida tenía que festejar con quien como nosotros ha aguantado, en el lugar que es parte de mi paisaje, en un lugar que me hace refrendar el gran amor que le tengo a esta plana ciudad.

Agradezco a cada una de las personas que sin querer y queriendo hacen posibles estas colaboraciones, con las que puedo escribirle a Mexicali unas buenas y largas cartas de amor. El Heidelberg está en la esquina de Madero y Calle H de la Colonia Nueva. Abren de lunes a sábado de 12 pm a 1:30 am, y los domingos de 1 a 6 pm.

Karina Villalobos/La Voz de la Frontera

Por si alguien aún no lo nota, yo amo a Mexicali no sólo con todo mi corazón, sino con cada centímetro de órganos, vísceras y piel que me conforman.

Cuando hablo de mi tierra no falta quien me ha pedido “que le baje, que ni que fuera para tanto”, mi única respuesta siempre es: yo soy Mexicali.

Adoro la luz del sol en la mañana, que no me permite quedarme en cama; amo contemplar el cielo azul concreto del verano, que siempre está ahí para recordarme lo delicada que soy ante la fuerza del desierto que me rodea. Nada se compara al horizonte plano, cada que salgo de viaje y regreso lo plano me hace sentir tranquila, es una sensación de que nada se esconde, de que no hay para dónde huir.

Cuando manejo por el valle, intento que siempre me toque la hora dorada, porque hay pocas cosas tan espectaculares como los sembradíos bañados por el oro eterno del sol, y si hay nubes, la visión es para abrir la boca y tirar unas cuantas lágrimas.

¿Han estado alguna vez parados uno de esos puentes diseminados en el Valle?

El aire de los camiones y el eco de su andar azotan el cabello, los rosas y naranjas del crepúsculo parecen hechos a mano y la inmensidad de la tierra plana te hace sentir enraizado a la arena, hace falta una buena caguama para digerir la soledad y cariño que invaden a un mismo tiempo.

Y luego la ciudad, incaminable, sin banquetas, de concreto que hornea el ambiente, con olor a industria, comida y vacas.

Ruido, mucho ruido, música, semáforos poco coordinados, pocos parques, pocos árboles, y sin embargo aquí sigo, en algo que seguro ustedes conocen muy bien: esta especie de resistencia, de saber que si el desierto no ha terminado con nosotros es porque ya nada podrá hacerlo.

Y ahí es donde debo hablar de coincidir y habitar. Somos un bonche de bárbaros, saliendo a diario a ver de frente al sol, literal a corretear la papa de sombrita en sombrita, sintiendo la sal pegada al cuerpo en verano, y la resequedad en la piel en el corto invierno, y por eso y nomás por eso miramos a los otros a los ojos, invitamos un vaso de agua, una cerveza, un taco.

Gritamos, siempre gritamos, y a veces cuando regreso de andar lejos llego a pensar que hablamos ladrado, pero es que así tiene que ser, si no el desierto se tragaría cada sonido

En este lugar como dice mi querida Dena “se quedan los que aguantan”, y ahí es donde empieza la belleza del asunto, que cuando aguantas y aceptas con humildad los designios del desierto, al desierto no le queda otra que empezarte a regalar un buen de cosas bellas, pero solo las reciben los que sobreviven.

Como plato fuerte ordenamos el nada discreto Chamorro de Cerdo, que véalo usted, una verdadera comida para bárbaros (lo que somos en este norte, pues), doradito por fuera, delicado y jugoso por dentro. Lo acompañan una ensalada de papas y sauerkraut. Recomiendo no pedirlo si va solo, es una delicia que necesita cómplice para rendirle honor.

Pareciera que fuimos discretas celebrando con solo 2 platillos, pero las raciones son generosas y vuelvo de manera regular a sus mesas.

Si usted anda planeando darse una vuelta, no dude en ordenar el medio pulpo a las brasas, los tacos de jamaica, el queso Sonora en salsa morita, los elotes de plaza, la hamburguesa oktoberfest, la costilla cargada al horno, el rib eye o el atún al grill; todos probados y aprobados por este paladar y el de mis amigos tragones. Tras tres años de escribir sobre comida tenía que festejar con quien como nosotros ha aguantado, en el lugar que es parte de mi paisaje, en un lugar que me hace refrendar el gran amor que le tengo a esta plana ciudad.

Agradezco a cada una de las personas que sin querer y queriendo hacen posibles estas colaboraciones, con las que puedo escribirle a Mexicali unas buenas y largas cartas de amor. El Heidelberg está en la esquina de Madero y Calle H de la Colonia Nueva. Abren de lunes a sábado de 12 pm a 1:30 am, y los domingos de 1 a 6 pm.

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