/ viernes 28 de junio de 2019

Invisible, la figura del trabajador doméstico

Mujeres entrevistadas se ríen cuando hablan de la posibilidad de contar con seguro social y otras prestaciones

Daniel Ángel Rubio

“Hay unas que sí son buenas, hay otras que te tocan que tienes que aguantar. ¿Por qué? Por la necesidad”, dice Alicia, una trabajadora del hogar que cuenta algunas de sus experiencias con empleadores durante 14 años.

Con ella está Antonia, también llega Aurora y al final otra trabajadora que prefiere mantenerse en silencio, aunque sigue atenta la conversación con sus compañeras.

La mayoría pide no ser identificada porque hablan de tratos que rayan en la humillación, de ocasiones en que quienes las contratan no pagan lo acordado, o les exigen jornadas de más de ocho horas diarias.

El Sol de Tijuana solicitó en más de una ocasión una entrevista con la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STyPS) de Baja California, pero nunca la concretaron.

Las cuatro mujeres laboran en uno de los fraccionamientos de clase media alta más conocidos de Tijuana, donde las casas llegan a tener más de tres recamaras, varios baños, cochera y jardín, sin descontar la sala, comedor y cocina.

En promedio, por entre 300 y 500 pesos ofrecen hasta cuatro horas de trabajo. Así hay quienes además de la limpieza cocinan o lavan y planchan ropa cuando los empleadores lo piden, y ellas aceptan.

A veces lo hacen con la esperanza de que las vuelvan a contratar ocasionalmente, o con suerte cada semana, lo que no siempre ocurre. Entonces hay que seguir buscando el día a día.

Pero ellas ríen, ríen mucho mientras cuentan parte de sus peores experiencias en el trabajo, quizás para enfrentar con más ánimo su difícil situación.

También se ríen cuando hablan de la posibilidad de contar con seguro social y otras prestaciones laborales. Incluso creen que eso únicamente puede ser para quienes trabajan en una sola casa.

Porque ellas pueden llegar a visitar distintas a lo largo de la semana, y cuando el trabajo escasea, a ninguna durante varios días.

Aun así, varias se reúnen a diario desde hace muchos años en una de las entradas al lujoso fraccionamiento en espera de que los dueños de las casas bajen para contratarlas.

“Es muy bueno andar activo, porque si uno se estanca a estar sentado, te ‘entulles’ y ya no caminas, y al pozo”, dice Antonia para reír otra vez. Ella tiene 65 años de edad, y dos como trabajadora del hogar.

Tuvo que dejar su trabajo de limpieza en una empresa para viajar a su estado de origen, Guerrero, y atender la muerte de su hija. Dice que tratará de regresar a su antiguo empleo en un futuro cercano.

Algunas de sus compañeras también rondan la tercera edad, y para muchas limpiar casas es una de las poquísimas oportunidades que tienen para ganar algo de dinero en una economía que apenas sí les abre espacio.

“No lo ven como un trabajo cualquiera que va a hacer un obrero, o que va a hacer un empleado a una tienda, no. Si no que ya es lo más bajo. Es la verdad, se oye bien feo pero a mí así me pasó”, dice Alejandra García Ruvalcaba, que limpió casas durante 3 años porque ya no encontraba empleo a causa de sus casi 50 años de edad.

Y no son pocas las personas que trabajan en hogares. En 2018 el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), contó en México a 2.3 millones, y encontró que nueve de cada diez eran mujeres.

Además el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), considera que “las trabajadoras del hogar han sido históricamente objeto de una discriminación estructural” y que “se encuentran en una grave situación de vulnerabilidad”.

En parte porque hasta el pasado 14 de mayo, las labores del hogar no eran consideradas un empleo, y por eso quienes contratan no tenían la obligación de dar seguridad social.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), lo consideró discriminatorio en diciembre del 2018, y los legisladores cambiaron las leyes del trabajo y de seguridad social a inicios de este 2019.

Ahora la ley establece jornadas de trabajo de hasta seis horas diarias y 36 a la semana, la obligación de firmar un contrato, además del derecho a vacaciones, prima vacacional, pago de días de descanso, acceso a seguridad social y aguinaldo.

También quedó prohibida la contratación de menores de quince años de edad, y cuando cumplan este requisito deben haber cursado la secundaria.

“En ningún caso se podrá contratar a adolescentes que presten sus servicios para una sola persona empleadora y residan en el domicilio donde realicen sus actividades,” informó el Senado en un comunicado de prensa.

Los legisladores también aprobaron que estos derechos sean tanto para quienes tienen un solo empleador como para quienes tienen varios.

Pero los registros en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), parecen lentos, según las cifras de la Jefatura de Afiliación y Cobranza de esa institución en la delegación Baja California.

Suman apenas 77 entre mayo y junio: 46 en Mexicali, 6 en Ensenada, 22 en Tijuana, y 3 en San Luis Río Colorado, Sonora.

Y aunque las prestaciones laborales ahora son un derecho, Alejandra García no se ve pidiendo su cumplimiento si tuviera que recurrir nuevamente a ese trabajo.

“No, no quiero meterme en conflictos”, dice luego de una mala experiencia cuando la sicóloga que la contrató, no quiso pagar.

“Me robó mi trabajo, y ¿cómo le cobro?”, agrega la mujer que ahora busca otra manera de obtener ingresos, porque igual que el resto de mujeres consultadas para esta nota, desea independencia económica.

Algunas de las trabajadoras coinciden en que las leyes aprobadas pueden ser muy buenas, pero no tienen confianza en que serán aplicadas si no hay quién vigile el cumplimiento y sus condiciones de trabajo.

La misma Organización Internacional del Trabajo (OIT), en su estudio “Trabajo del hogar remunerado en México”, publicado este año, dice que faltan “estudios detallados sobre las condiciones de trabajo, tanto desde la perspectiva de la persona trabajadora, como de la empleadora”.

Aunque Diana Carmona cree que hay mayor coordinación entre empleadores que entre trabajadoras, sobre todo en grupos de Facebook que sirven para contrataciones, donde promover los derechos de las trabajadoras le ha valido bloqueos.

Y es que además de trabajadora es una de las coordinadoras del Sindicato Nacional de Trabajadoras del Hogar en Baja California.

“Una ocasión trabajé para un señor con poder y dinero, y recibí amenazas. Es una situación expuesta a cualquier tipo de violencia por el simple hecho de ser mujeres”, subraya.

Comenta que el sindicato tiene unas 500 integrantes en todo México y menos una decena en Baja California, un número muy bajo que atribuye a la mala imagen que estos organismos tienen en el país.

Y añade que además de la ausencia de redes de comunicación entre trabajadoras es necesario discutir problemas como el acoso sexual y el trabajo de empresas reclutadoras fuera de la ley.

Parece que aún falta camino para que estas mujeres dejen de ser invisibles, aunque muchas de ellas sean gigantes que cargan hogares completos en sus hombros.

“Es muy bueno andar activo, porque si uno se estanca a estar sentado, te ‘entulles’ y ya no caminas, y al pozo” Antonia Trabajadora doméstica

Daniel Ángel Rubio

“Hay unas que sí son buenas, hay otras que te tocan que tienes que aguantar. ¿Por qué? Por la necesidad”, dice Alicia, una trabajadora del hogar que cuenta algunas de sus experiencias con empleadores durante 14 años.

Con ella está Antonia, también llega Aurora y al final otra trabajadora que prefiere mantenerse en silencio, aunque sigue atenta la conversación con sus compañeras.

La mayoría pide no ser identificada porque hablan de tratos que rayan en la humillación, de ocasiones en que quienes las contratan no pagan lo acordado, o les exigen jornadas de más de ocho horas diarias.

El Sol de Tijuana solicitó en más de una ocasión una entrevista con la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STyPS) de Baja California, pero nunca la concretaron.

Las cuatro mujeres laboran en uno de los fraccionamientos de clase media alta más conocidos de Tijuana, donde las casas llegan a tener más de tres recamaras, varios baños, cochera y jardín, sin descontar la sala, comedor y cocina.

En promedio, por entre 300 y 500 pesos ofrecen hasta cuatro horas de trabajo. Así hay quienes además de la limpieza cocinan o lavan y planchan ropa cuando los empleadores lo piden, y ellas aceptan.

A veces lo hacen con la esperanza de que las vuelvan a contratar ocasionalmente, o con suerte cada semana, lo que no siempre ocurre. Entonces hay que seguir buscando el día a día.

Pero ellas ríen, ríen mucho mientras cuentan parte de sus peores experiencias en el trabajo, quizás para enfrentar con más ánimo su difícil situación.

También se ríen cuando hablan de la posibilidad de contar con seguro social y otras prestaciones laborales. Incluso creen que eso únicamente puede ser para quienes trabajan en una sola casa.

Porque ellas pueden llegar a visitar distintas a lo largo de la semana, y cuando el trabajo escasea, a ninguna durante varios días.

Aun así, varias se reúnen a diario desde hace muchos años en una de las entradas al lujoso fraccionamiento en espera de que los dueños de las casas bajen para contratarlas.

“Es muy bueno andar activo, porque si uno se estanca a estar sentado, te ‘entulles’ y ya no caminas, y al pozo”, dice Antonia para reír otra vez. Ella tiene 65 años de edad, y dos como trabajadora del hogar.

Tuvo que dejar su trabajo de limpieza en una empresa para viajar a su estado de origen, Guerrero, y atender la muerte de su hija. Dice que tratará de regresar a su antiguo empleo en un futuro cercano.

Algunas de sus compañeras también rondan la tercera edad, y para muchas limpiar casas es una de las poquísimas oportunidades que tienen para ganar algo de dinero en una economía que apenas sí les abre espacio.

“No lo ven como un trabajo cualquiera que va a hacer un obrero, o que va a hacer un empleado a una tienda, no. Si no que ya es lo más bajo. Es la verdad, se oye bien feo pero a mí así me pasó”, dice Alejandra García Ruvalcaba, que limpió casas durante 3 años porque ya no encontraba empleo a causa de sus casi 50 años de edad.

Y no son pocas las personas que trabajan en hogares. En 2018 el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), contó en México a 2.3 millones, y encontró que nueve de cada diez eran mujeres.

Además el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), considera que “las trabajadoras del hogar han sido históricamente objeto de una discriminación estructural” y que “se encuentran en una grave situación de vulnerabilidad”.

En parte porque hasta el pasado 14 de mayo, las labores del hogar no eran consideradas un empleo, y por eso quienes contratan no tenían la obligación de dar seguridad social.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), lo consideró discriminatorio en diciembre del 2018, y los legisladores cambiaron las leyes del trabajo y de seguridad social a inicios de este 2019.

Ahora la ley establece jornadas de trabajo de hasta seis horas diarias y 36 a la semana, la obligación de firmar un contrato, además del derecho a vacaciones, prima vacacional, pago de días de descanso, acceso a seguridad social y aguinaldo.

También quedó prohibida la contratación de menores de quince años de edad, y cuando cumplan este requisito deben haber cursado la secundaria.

“En ningún caso se podrá contratar a adolescentes que presten sus servicios para una sola persona empleadora y residan en el domicilio donde realicen sus actividades,” informó el Senado en un comunicado de prensa.

Los legisladores también aprobaron que estos derechos sean tanto para quienes tienen un solo empleador como para quienes tienen varios.

Pero los registros en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), parecen lentos, según las cifras de la Jefatura de Afiliación y Cobranza de esa institución en la delegación Baja California.

Suman apenas 77 entre mayo y junio: 46 en Mexicali, 6 en Ensenada, 22 en Tijuana, y 3 en San Luis Río Colorado, Sonora.

Y aunque las prestaciones laborales ahora son un derecho, Alejandra García no se ve pidiendo su cumplimiento si tuviera que recurrir nuevamente a ese trabajo.

“No, no quiero meterme en conflictos”, dice luego de una mala experiencia cuando la sicóloga que la contrató, no quiso pagar.

“Me robó mi trabajo, y ¿cómo le cobro?”, agrega la mujer que ahora busca otra manera de obtener ingresos, porque igual que el resto de mujeres consultadas para esta nota, desea independencia económica.

Algunas de las trabajadoras coinciden en que las leyes aprobadas pueden ser muy buenas, pero no tienen confianza en que serán aplicadas si no hay quién vigile el cumplimiento y sus condiciones de trabajo.

La misma Organización Internacional del Trabajo (OIT), en su estudio “Trabajo del hogar remunerado en México”, publicado este año, dice que faltan “estudios detallados sobre las condiciones de trabajo, tanto desde la perspectiva de la persona trabajadora, como de la empleadora”.

Aunque Diana Carmona cree que hay mayor coordinación entre empleadores que entre trabajadoras, sobre todo en grupos de Facebook que sirven para contrataciones, donde promover los derechos de las trabajadoras le ha valido bloqueos.

Y es que además de trabajadora es una de las coordinadoras del Sindicato Nacional de Trabajadoras del Hogar en Baja California.

“Una ocasión trabajé para un señor con poder y dinero, y recibí amenazas. Es una situación expuesta a cualquier tipo de violencia por el simple hecho de ser mujeres”, subraya.

Comenta que el sindicato tiene unas 500 integrantes en todo México y menos una decena en Baja California, un número muy bajo que atribuye a la mala imagen que estos organismos tienen en el país.

Y añade que además de la ausencia de redes de comunicación entre trabajadoras es necesario discutir problemas como el acoso sexual y el trabajo de empresas reclutadoras fuera de la ley.

Parece que aún falta camino para que estas mujeres dejen de ser invisibles, aunque muchas de ellas sean gigantes que cargan hogares completos en sus hombros.

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