/ miércoles 29 de julio de 2020

Fuera de Agenda | La década de Jalisco

Podría decirse que todo comenzó el 29 de julio de 2010 en Guadalajara, Jalisco. Aquel día un grupo de fuerzas especiales del Ejército irrumpió en dos mansiones de Colinas de San Javier, en busca de Ignacio Coronel Villarreal, conocido por la policía mexicana como “Nacho Coronel”, y por las agencias estadounidenses como “King of Ice”.

Coronel, nacido 56 años atrás en Veracruz, pero radicado desde muy niño en Canelas, Durango, acostumbraba estar custodiado por una guardia mínima. Era un traficante de la vieja escuela, esa que distinguió a su estimado Juan José Esparragoza Moreno “El Azul”, y que caracteriza a su ex socio Ismael Zambada García: perfil bajo, discreción absoluta y evitar usar la violencia como primera medida.

Cuando los mandos militares de entonces lanzaron aquella operación que desembocó en la muerte del capo, no importó ni se contempló el escenario que vendría. Con la muerte de “Nacho Coronel”, terminó una era de aparente tranquilidad, de control de la violencia y de pactos entre los diferentes grupos de tráfico de drogas que usaban Guadalajara como centro de “negocios”.

La imagen que marcó el inicio de la era del terror en Jalisco muchos la ubican en noviembre del 2011, cuando 26 cuerpos fueron abandonados en tres camionetas en las inmediaciones de los Arcos del Milenio. Lo que estaba detrás era la disputa criminal entre dos bandos, uno llamado La Resistencia, conformado por los socios de los hermanos Nava Valencia detenidos meses atrás; y el otro, que se hacía llamar Cartel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), lidereado por un ex operador de “Nacho Coronel” llamado Nemesio Oseguera Cervantes, un michoacano radicado en Jalisco que tenía tras de sí un historial de operaciones bien documentadas por las autoridades.

¿Por qué la cúpula de las fuerzas armadas encabezadas a partir de diciembre del 2012 por el general Salvador Cienfuegos Zepeda y por el almirante Vidal Soberón Saénz voltearon hacia otro lado mientras Jalisco se hundía en el terror?

Por aquel entonces varios fenómenos comenzaron a visibilizarse en la entidad y después se convertirían en una terrible realidad en varias zonas del país. Cientos de jóvenes de diferentes municipios y de la capital jalisciense comenzaron a desaparecer, sin que a la fecha sus familiares tengan noticias de ellos. La historia de Omar y Miguel Plancarte Ramírez, desaparecidos en febrero del 2012 a manos de testaferros del CJNG, ilustra la tragedia de miles de familias. Su caso documenta las corruptelas en las áreas ministeriales locales y federales, los familiares se vieron forzados a pagar para que investigadores privados les ayudaran. Cierta ocasión lograron documentar un campo de concentración en la sierra de Yahualica, donde había varias barracas donde tenían a docenas de jóvenes trabajando contra su voluntad en laboratorios de droga clandestinos. Pese a las evidencias, las autoridades actuaron demasiado tarde.

Campos de concentración, fosas clandestinas, 10 años después las estructuras de protección oficial detrás del grupo criminal que a golpe de terror sostiene su hegemonía en Jalisco, y que busca expandirse al Bajío y Michoacán, son el resultado de una falla sistémica donde las fuerzas armadas lucen rebasadas.

Podría decirse que todo comenzó el 29 de julio de 2010 en Guadalajara, Jalisco. Aquel día un grupo de fuerzas especiales del Ejército irrumpió en dos mansiones de Colinas de San Javier, en busca de Ignacio Coronel Villarreal, conocido por la policía mexicana como “Nacho Coronel”, y por las agencias estadounidenses como “King of Ice”.

Coronel, nacido 56 años atrás en Veracruz, pero radicado desde muy niño en Canelas, Durango, acostumbraba estar custodiado por una guardia mínima. Era un traficante de la vieja escuela, esa que distinguió a su estimado Juan José Esparragoza Moreno “El Azul”, y que caracteriza a su ex socio Ismael Zambada García: perfil bajo, discreción absoluta y evitar usar la violencia como primera medida.

Cuando los mandos militares de entonces lanzaron aquella operación que desembocó en la muerte del capo, no importó ni se contempló el escenario que vendría. Con la muerte de “Nacho Coronel”, terminó una era de aparente tranquilidad, de control de la violencia y de pactos entre los diferentes grupos de tráfico de drogas que usaban Guadalajara como centro de “negocios”.

La imagen que marcó el inicio de la era del terror en Jalisco muchos la ubican en noviembre del 2011, cuando 26 cuerpos fueron abandonados en tres camionetas en las inmediaciones de los Arcos del Milenio. Lo que estaba detrás era la disputa criminal entre dos bandos, uno llamado La Resistencia, conformado por los socios de los hermanos Nava Valencia detenidos meses atrás; y el otro, que se hacía llamar Cartel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), lidereado por un ex operador de “Nacho Coronel” llamado Nemesio Oseguera Cervantes, un michoacano radicado en Jalisco que tenía tras de sí un historial de operaciones bien documentadas por las autoridades.

¿Por qué la cúpula de las fuerzas armadas encabezadas a partir de diciembre del 2012 por el general Salvador Cienfuegos Zepeda y por el almirante Vidal Soberón Saénz voltearon hacia otro lado mientras Jalisco se hundía en el terror?

Por aquel entonces varios fenómenos comenzaron a visibilizarse en la entidad y después se convertirían en una terrible realidad en varias zonas del país. Cientos de jóvenes de diferentes municipios y de la capital jalisciense comenzaron a desaparecer, sin que a la fecha sus familiares tengan noticias de ellos. La historia de Omar y Miguel Plancarte Ramírez, desaparecidos en febrero del 2012 a manos de testaferros del CJNG, ilustra la tragedia de miles de familias. Su caso documenta las corruptelas en las áreas ministeriales locales y federales, los familiares se vieron forzados a pagar para que investigadores privados les ayudaran. Cierta ocasión lograron documentar un campo de concentración en la sierra de Yahualica, donde había varias barracas donde tenían a docenas de jóvenes trabajando contra su voluntad en laboratorios de droga clandestinos. Pese a las evidencias, las autoridades actuaron demasiado tarde.

Campos de concentración, fosas clandestinas, 10 años después las estructuras de protección oficial detrás del grupo criminal que a golpe de terror sostiene su hegemonía en Jalisco, y que busca expandirse al Bajío y Michoacán, son el resultado de una falla sistémica donde las fuerzas armadas lucen rebasadas.

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